miércoles, 7 de enero de 2015

Necesitamos espacios para el desenchufe

Escribía el filósofo coreano Byung Chul Han  que la paradoja en la que vivimos con la creciente digitalización de las relaciones es que creyendo estar cada vez más cerca, lo que estamos es cada vez más lejos. La cercanía entre las personas exige la creación de espacios comunes, pero de forma aparentemente sorpresiva para poder hacerlo es necesario crear una distancia palpable que visualice el respeto a la esfera personal de cada uno.  La distancia física que históricamente intentó solventarse a través del correo o el sonido de la voz transmitido a través de los cables telefónicos no llevaba a engaños. Sabías que estabas ante un sucedáneo.
 
En las nuevas formas digitales de relacionarnos nos parece que estamos muy cerca, que estamos con los demás tantas veces como queramos y, además, con inmediatez. Pero en esta nueva forma de comunicarnos pasa algo fundamental: dejamos de mirarnos a los ojos y, por lo tanto, dejamos de vernos, de reconocernos; al desaparecer la mirada del otro desaparecemos nosotros mismos que no encontramos el espejo que necesitamos para vernos con otros ojos. El propio Han señala una de esas curiosidades que inquietan por el contenido que transmiten. En las nuevas comunicaciones por video-conferencia en las que creemos estar viéndonos la cara, en realidad lo que sucede es que las miradas no se cruzan, no pueden, no nos estamos mirando, miramos al otro desdibujado, fuera de la perspectiva humana que sólo ofrece mirarse a los ojos. Lo que sucede durante esas comunicaciones es que estamos mirando la pantalla del ordenador pero la cámara, al  estar en la parte superior de la pantalla, descentra la mirada del otro, los ojos no se encuentran y, de esa manera, sin ese encuentro de miradas, no es posible reconocerse, sólo vivimos un sucedáneo verosímil, como los relatos de la posmodernidad.

Este hecho es un signo más de los tiempos que vivimos. Estamos inmersos en semejante nivel de agitación continuado que no nos damos cuenta de que el tiempo ha dejado de existir en nuestra cultura. Habitamos un presente perpetuo que no deja espacio para el pensamiento, para las relaciones pausadas, para profundizar en los asuntos que nos competen, para mirarnos a nosotros mismos. Me da la sensación de que estamos cada vez más necesitados a la vez de desiertos y de abrazos, de soledad y compañía. Quizá si lo hiciéramos evitaríamos el enorme ruido que nos circunda. Cada vez me aburren más los vacíos debates cotidianos que no nos llevan a ningún sitio, la falsa actualidad que nos trae y nos lleva para desenchufarnos de la verdadera realidad. Acabamos viviendo una realidad ficticia que se mueve alrededor de narraciones insustanciales que se venden, a base de repetición, como la explicación exclusiva de lo que acontece. Sólo así se entienden algunas de las frases de las últimas semanas, meses, años. Lo cierto es que por más que lo intentes no consigues desasirte de esa palabrería viscosa que entumece todos los músculos del alma. En realidad, a escondidas de nuestra consciencia, entretenidos por los aspavientos de la inmediatez, no nos damos cuenta de que la vida es eso que sucede mientras vivimos despistados por ese ruido incesante y se nos pierde la esencia de lo que somos.

Necesitamos desiertos para abrazar lo que de verdad importa, para descubrir lo que de verdad importa: vivir un vida digna. Necesitamos abrazos reales, físicos y no digitales. Necesitamos relatos verdaderos y no ficciones verosímiles. Necesitamos abrazos y desiertos para indagar en el significado de lo que hace la vida digna y eso sólo se puede hacer ejercitándolo día a día, a través de una gimnasia del Ser que nos habita.

Parece una tradición ponerse una tarea para el año que comienza. Yo os propongo esta: Crear espacios para el desenchufe.

P.S.  La imagen que ilustra esta entrada es "El abrazo" de Juan Genovés y el cuadro está realizado como homenaje a los abogados de Atocha, militantes de CC.OO., asesinados por unos pistoleros en 1977. Conviene en estos tiempos de desmemoria volver la mirada a todos aquellos que han luchado por celebrar con un abrazo el éxito de la dignidad humana. Lo que somos es herencia de lo que fuimos. Haríamos bien en no olvidar nuestra historia. Es la única forma de ser dignos de nuestro pasado. Es la única forma de ser conscientes de que somos el pasado de nuestro futuro.

3 comentarios:

  1. Alguien decía (no me pidas que recuerde quien) que solo desde la distancia podemos percibir la calidez de un abrazo, y no andaba falto de razón.

    El continuo presente y la sociedad adolescente del lo quiero ahora, son parte del extraño mundo en el que nos toca vivir.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Muchas gracias por el comentario, Pilar. A ver si nos hacemos mayores...;)

      Eliminar
  2. Es evidente que la forma de comunicarnos o, de comunicarse los jóvenes principalmente, aunque cada vez está más presente en todos; perjudica seriamente la “comunicación” real, no solo somos palabras o textos, somos personas que nos comunicamos también de múltiples formas no verbales y que con las nuevas tecnologías nos perdemos.
    En realidad no nos conocemos. Y, como muy bien dices ¿quién no necesita el calor humano? Un abrazo un beso, caricias desinteresadas etc… pero sobre todo ¿quién no necesita ser escuchado, comprendido y amado?
    Por desgracia esta forma de vida nos priva de lo más esencial.
    Necesitamos por tanto “espacios de desenchufe” y tiempo para ello


    ResponderEliminar

A continuación puedes dejar tu comentario sobre esta entrada.