martes, 13 de enero de 2015

La trascendencia del tenedor

Donde menos se piensa, salta la liebre. Eso es lo que vengo sosteniendo con persistencia maña desde que comencé a escribir este blog. Esta entrada va a ser buena muestra de ello, o eso creo yo, que nunca se sabe.

Hoy voy a escribir sobre la trascendencia del tenedor. No es que me haya dejado llevar por el increible baño cotidiano de programas televisivos de contenido gastronómico. No, y menos en pleno periodo de propósitos de enmienda. No, hoy voy a hablar del comienzo del uso del tenedor y de la trascendencia sobre la forma de entender la convivencia. Si piensa que una cosa y la otra no tienen nada que ver o que como mucho tienen tanta relación como un huevo y una castaña le pido un mínimo de paciencia.

Sucede que leyendo un pequeño librito del recientemente fallecido historiador francés Jacques Le Goff: (wikipedia español aquí) La vieja Europa y el mundo moderno, (os ofrezco una breve reseña del libro al final de la entrada), me encontré con el siguiente texto y consiguiente reflexión: "el tenedor, manifiesta un giro de modernidad en los hábitos de la mesa de Europa. Llegado de Bizancio a Venecia en el siglo XI, el tenedor marra su entrada en el mundo europeo. Esa cristiandad europea es todavía un país de grupos donde se come en común en los mismos tazones, en las mismas escudillas, donde se bebe en común en las mismas copas. El  tenedor está ligado a la individualización de las maneras de mesa, a la emergencia moderna del individuo en el siglo XVI" (pág 31)

Cuando lo leí me pareció que no estaba ante un dato anecdótico sino trascendente. En una lectura superficial nos podría parecer que comer del mismo cuenco comunitario puede resultar más solidario y que la comida en platos individualizados resulta eso, individualista; es probable, además, que nos vengan a la cabeza las ocasiones en las que todavía hacemos algo parecido cuando comemos migas o rancho de la sartén en una comida campestre, en familia, entre amigos, momentos en los que nos sentimos más unidos, incluso más a gusto; pero si lo pensamos más en profundidad tal vez estemos un tanto equivocados. El hecho de que cada uno tenga su tenedor, por lo tanto su plato, implica que lo que cada uno come es trasparente para los demás, que cada uno tiene derecho a tener su tenedor y algo que llevarse al plato, que todos ven con claridad lo que comen los demás, los repartos injustos quedan claros y a la vista. Acaba de surgir con el tenedor (no solo con el tenedor, claro) el gérmen del concepto de redistribución. Para que surja el concepto redistribución es absolutamente necesario que primero surja el concepto de derechos individuales y, para que esto suceda, que no lo hace hasta finales del siglo XVIII, fue necesario un largo proceso en el que se fuera fraguando la idea de que cada ser humano es singular, único. Y en ese proceso el tenedor, como se ve, tuvo su papel.

El tenedor, además, marca una de las diferencias entre Oriente y Occidente, entre los palillos que exigen los pequeños trozos de comida y el tenedor que facilita el consumo de grandes trozos de carne o pescado: más proteina, y lo dicho, una proteina visible que se hace deseable a los ojos por su tamaño. Y todavía más, frente a la comida que sólo hay que consumir ya totalmente cortada y cocinada, a  la comida en la que estás obligado a ser activo, a manejar las herramientas y trabajar con los alimentos sobre el plato.

El proceso de individuación, de singularización prefiero decir yo para distinguir el actual individualismo excluyente, se ha producido a través de muchas pequeñas herramientas y hábitos culturales que han configurado nuestra forma de ver el mundo. Sólo el respeto a la singularización, el derecho a ser cada uno él, permite crear la conceptos sobre los que construir una comunidad cohesionada e igualitaria. Curiosidades de la vida, ya se lo advertía al principio, por ese camino nos encontramos, nada más y nada menos, que con el tenedor.

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El libro de Jacques Le Goff citado es uno de esos que te puedes tragar de una sentada. De dimensiones muy
reducidas, un auténtico libro de bolsillo, tiene sólo 73 páginas, en las que el autor no sólo insiste en su idea de la irrealidad de las clasificaciones de los periodos históricos que faltan a la verdad y nos ciegan sobre la verdadera evolución de las corrientes de pensamiento europeas, sino que hace un análisis del Ser europeo desde su fundación, sus mejores características, sus errores y sus demonios. En un momento en el que estamos tan ausentes de ideas y de reflexión sobre qué somos. Más, en un momento en el que esas mismas ideas están siendo duramente atacadas en más de una manera (no sólo los terroristas atacan las bases mismas de la civilización europea), leer las reflexiones de Le Goff nos puede acabar resultando de gran utilidad.
Por cierto el libro está editado por Alianza Editorial.

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