miércoles, 10 de diciembre de 2014

La necesaria reforma constitucional

Recuerdo perfectamente que en casa, en todas las casas, recibimos un ejemplar como el de la foto anexa de la propuesta de Constitución Española que se proponía aprobar en referendum el seis de diciembre de 1978. Tenía 15 años y no podía votarla pero sabía que tenía delante un documento que iba a marcar mi futuro.

Durante los años del franquismo en los barrios y pueblos españoles no había casi de nada: ni centros de salud, ni colegios, ni zonas verdes, ni comunicaciones, ni accesibilidad, ni urbanismo, ni.... Tampoco habia apenas ninguna organización social. Las que había surgieron de la Iglesia que había ido adoptando un rostro más amable y alejado del régimen en buena parte de sus estructuras e incluso en una parte del episcopado. Otros intentaron aprovechar las mismas estructuras organizativas del franquismo, especialmente el sindicato y las asociaciones de lo que entonces se llamaba cabezas de familia (los antecedentes de las Asociaciones vecinales) El resto hacía lo que podía en la clandestinidad. Se carecía de los más elementales derechos humanos, comenzando por los políticos y lo civiles y acabando por la práctica inexistencia de todos los demás.

En mi barrio zaragozano, con sesenta mil habitantes sólo había: cuatro parroquias, un centro de actividades formativas y culturales dependientes de la caja de ahorros y una orden religiosa, la asociación de cabezas de familia, dos colegios públicos pequeños y otro diocesano de unas dimensiones enormes. Una única salida y entrada hacia la ciudad (era un entorno de aislamiento), solares vacíos, tierras de labor, zonas inundables con las crecidas del Ebro. Debía haber alguna célula del Partido Comunista y de otros partidos de izquierda, pero su actividad se desarrolló con tantaprecaución al menos hasta la muerte del dictador que la mayoría de los habitantes del barrio desconocíamos su existencia.

En la escuela de mi infancia se presentaba a España como el primero entre los países en vías de desarrollo, idea esta que se reiteraba hasta la saciedad acompañado de la explicación de que las inmensas dificultades que nuestro territorio montañoso y extenso y el aislamiento al que nos condenaban los enemigos de la patria, provocaba que tuviéramos muchas dificultades para salir de esa situación.  Algunos profesores algo más atrevidos y evidentemente comprometidos políticamente hablaban más o menos abiertamente de los problemas sempiternos de nuestro país: el intervencionismo del ejército, el difícil encaje de la Iglesia, los diferentes separatismos regionales (entonces eran regionales), el enorme aislamiento internacional. Esa España que quería ser otra cosa soñaba con parecerse siquiera a los países de nuestro entorno, acercarnos al modelo francés, británico, alemán o incluso italiano (envidia y ejemplo de país latino más que desarrollado) Parecía imposible.

Cuando se hablaba de la Constitución de una manera formal se nos explicaba que nuestra historia constitucional no nos animaba precisamente al optimismo; casi ningún texto había sobrevivido más allá de unos pocos años y pocos de ellos habían conseguido inspirar ni la vida nacional ni la convivencia. Se deseaba, desde esa perspectiva histórica, un texto duradero.

La Constitución se votó entre el temor y la esperanza, con un ojo puesto en los cuarteles y otro en los sueños lejanos de prosperidad. No era el texto ideal, todos afirmaban que se habían dejado pelos en la gatera, y todos estaban moderadamente satisfechos. El deseo de la mayoría de los que hablaban con criterio democrático era el de dar a luz un documento que garantizase nuestra convivencia para los próximos decenios. El temor de la repetición de la Guerra Civil estaba en la cabeza de todos los que la habían vivido, especialmente de los que la habían vivido en edades tempranas, que miraban con recelo las expresiones de ilusión de los que querían pasar página. Una de las frases de moda en muchas casas, hay que tenerlo en cuenta era: "no te signifiques"

Reciéntemente he tenido la oportunidad de escuchar un audio de un mitin de Enrique Tierno Galván en el año 1977 en la plaza de toros de Zaragoza, con motivo de las elecciones a las Cortes Constituyentes. La plaza estaba a reventar según confirman los medios de la época, participaron también, entre otros, José Antonio Labordeta y Emilio Gastón. Hablaron de muchas cosas, pero lo que me interesa ahora es destacar lo que las gentes gritaban y coreaban, lo que entonces se pedía a través de frases y eslóganes era, fundamentalmente: libertad, democracia, igualdad/justicia social y autonomía (la autonomía de Aragón, claro)

Creo que el texto constitucional del 78 ha tenido la virtud de dar mucho más de sí de lo que muchos creyeron que podría dar. Me temo que se nos suele perder la perspectiva histórica y valoramos los acontecimientos del pasado con la mirada del presente. Creo que ha garantizado la convivencia democrática, el desarrollo económico del país y el de la mayoría de las personas. La mayor parte de los problemas históricos en los que se pensaba en aquel momento han sido resueltos, unos mejor y otros peor, algunos debates teóricamente cerrados se han reabierto, creo sinceramente que más que otra cosa como consecuencia de la difícil situación económica actual proclive a fomentar falsos debates que ocultan el verdadero problema de fondo que es fundamentalmente económico.

Digo todo esto porque, como se ha podido deducir de lo escrito, mi valoración del texto constitucional y del periodo vivido en el marco de convivencia que creó, es mayoritariamente positivo. No necesito haberlo votado para sentirme identificado con buena parte de su contenido, ni creo que necesite votar un texto constitucional para sentirme vinculado a él o a entender que es adecuado. Los textos constitucionales se crean para establecer un marco de convivencia, un pacto social y político que rija la vida en común. Creo que no es necesario que todas las generaciones lo voten para que estén o se sientan implicadas. Es algo que se viene expresando en los últimos meses como argumento para justificar la apertura del debate constitucional. Creo que es un argumento erróneo y de poco valor en sí mismo. El argumento deberá ser siempre otro y, desde mi punto de vista, siempre pensando en que hay que garantizar la convivencia.

Entiendo que es cierto que en estos momentos se ha producido una quiebra del consenso constitucional en la práctica. Los principios inspiradores de las políticas que recoge el texto e incluso los mismos derechos fundamentales han comenzado a ser interpretados de una forma cada vez más ideológica y estrecha, de una forma que atenta a la perspectiva de buena parte de los españoles, que sienten atacada su situación personal y vivencial. Muchos de los recortes sufridos se han producido con escasísima, por no decir, ninguna sensibilidad social. Muchas personas consideran roto el consenso social. Se han protegido muchos bienes pero no se ha protegido a las personas como parecía garantizar el texto constitucional. Creo que esta ruptura del ambiente de convivencia sí que justifica adecuadamente la necesidad de abrir el debate sobre el texto constitucional.

En este marco ha surgido una expresión que me parece profundamente errónea e injusta. Se trata de la expresión "Régimen del 78" achacando por la vía del uso de las palabras a la vivencia de estos años de democracia los mismos males que tenía el viejo régimen franquista. Se puede retorcer la realidad todo lo que queramos pero la expresión es un exceso que sólo se justifica desde una perspectiva exclusivamente electoralista intentando construir un relato de la realidad poco matizado y en el que quien lo utiliza aparece como el único limpio de los errores del pasado inmediato. Creo que esta es una actitud poco recomendable, especialmente vista desde la perspectiva de que cualquier texto constitucional necesita contar con el máximo refrendo popular posible, como lo fue el texto actualmente en vigor, y que esto no se puede conseguir con argumentos tacticos y poco generosos con la realidad y los otros posibles puntos de vista. El ámbito constitucional es en el que es exigible a todos los partícipes la mayor altura de miras posible y los consensos no se pueden alcanzar nunca contra nadie.

Soy de los que opinan, como se deduce de lo escrito hasta ahora, que el texto ha ofrecido mucho juego, que a su amparo se han producido algunos de nuestros mayores éxitos colectivos: un gran sistema de salud, un razonable sistema educativo, un mejorable sistema de Servicios Sociales y uno de los mejores niveles de calidad de vida del mundo (entre muchísimas otras cosas). Una realidad que se nos está desmoronando en los años más recientes. Pero, al mismo tiempo, soy también de la opinión de que necesita una actualización, entre otras cosas porque la última interpretación del texto desde una perspectiva ideológica ultraliberal ha producido una quiebra de la confianza de los españoles en las instituciones democráticas, los poderes públicos y el propio texto constitucional; porque necesitamos blindar los derechos sociales que estábamos comenzando a disfrutar y que nos constituyen como ciudadanos, entre otros, los derechos sociales vinculados al Sistema Público de Servicios Sociales y que en el marco actual pueden ser legalmente vulnerados..

El mejor homenaje que podemos hacer en estos momentos a toda la gente que trabajó y se jugó muchas cosas para construir un sistema democráctico, con todas las imperfecciones que se le quieran achacar es promover su modificación para continuar conviviendo en armonía, para seguir creciendo como país y como personas, para seguir buscando lo que se pedía en el 77: libertad, igualdad, democracia y justicia social.


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