lunes, 8 de julio de 2013

Voluntariado. No todo vale.

Hace unas semanas acabé de leer La hora violeta, de Sergio Del Molino. Un libro escrito en primera persona en la que el autor, periodista y novelista de profesión, recoge su experiencia como padre de un niño que acaba falleciendo como consecuencia de una leucemia.

Hay personas que huyen de los libros en los que se narran experiencias personales traumáticas. Yo no los voy buscando, pero no los rechazo. Quizá sea que he llevado mi propia tasa biográfica de hechos traumáticos y no los temo. Por otro lado, tanto desde una perspectiva tanto profesional como personal, encuentro en estos textos muchos elementos para mi propia reflexión.  En la mayor parte de los que he leído me he encontrado con elementos que han ilumnado mis propias vivencias desde otro punto de vista, me han ayudado a entender mi vida y la de los demás de otra manera.

Pero este entrada no es para comentar este libro, recomendable por otro lado, sino para reflexionar sobre uno de sus pasajes. En un momento determinado el autor carga contra esos voluntarios "paracaidas" que acaban pasando por la planta de oncología pediátrica a buscar, probablemente, sentirse mejor con ellos mismos. Este es el pasaje y la reflexión:

"Los padres veteranos en la vida hospitalaria distinguimos de un vistazo a los paisanos y a los extranjeros. Los paisanos pertenecen a nuestro mundo: Son padres, médicos, trabajadores sociales o voluntarios de las asociaciones de familiares. Nos distinguimos de los extranjeros en la forma en que sonreímos a los niños y en cómo les hablamos. No es finjamos no ver sus cables conectados a las bombas de quimio....Los vemos exactamente igual que los extranjeros, pero nada de eso oscurece la visión del niño. Quizá porque son nuestros hijos y no los suyos, pero no sentimos congoja ni horror...Los extranjeros sólo ven las bombas de quicio, las ojeras, los costurones quirúrgicos... Por más que se esfuercen en aparentar que no les importa, la aprensión enturbia su mirada. Son condescendientes, impresionables y lerdos. Nos contemplan con pena y procuran no acercarse demasiado a esos pequeños monstruos, Es fácil reconocerlos por sus gestos: médicos de otras unidades de paso... burócratas de la administración, operarios que cambian filtros de máquinas de café... Extranjeros todos, torpes incapaces de disimular su incomodidad, empeñados en tratarnos con pena. Para algunos incluso somos una buena obra. Esos son los peores. Invitados por la asociación de familiares o por alguna oenegé que anima los hospitales infantiles con payasos y actuaciones, por ejemplo. La mayoría son gente maravillosa que se ha involucrado en estas historias porque les ha tocado de cerca algún caso. Por tanto no son, en rigor, extranjeros...Pero hay una minoría cuyo propósito es hacer el bien, y obtendrían la misma satisfacción -puede que mayor- en un orfanato africano o en una cuestación de la Cruz Roja. Y se les nota. No saben disimular la compasión que les sacude el cuerpo entero. Por eso los chavales los rechazan..."

Este fragmento, entre otros, me ha recordado muchas reflexiones profesionales en torno al voluntariado. Creo que el texto por sí solo ya habla, pero no me resisto a hacer tres breves reflexiones:
  • Cualquier entidad que se proponga trabajar con voluntarios tiene que ser consciente del daño que pueden hacer queriendo hacer el bien. La mera benevolencia no basta y es necesario estar preparado. Lo primero que hay que pensar es que no todo lo que se hacen con buena voluntad ayuda, los destrozos pueden ser tremendos.
  • La actividad voluntaria establece, a menudo, una relación de ayuda. Y esas relaciones suelen vivirse como desequilibradas. Se pueden vivir, permítaseme la metáfora, en clave vertical (si no se reflexiona y trabaja previamente esto es lo más normal) El que está arriba, bien, sano, en posibilidad de ayudar está arriba. El ayudado está abajo, dependiente, enfermo, necesitado. Si la actividad se establece desde una narración construida en vertical está abocada al fracaso. En palabras de Del Molino serás un extranjero, y posiblemente de los peores. No hay peor expresión, dicha o pensada, que ayudar al "pobrecic@". Cuando pensemos en la ayuda que vamos a prestar tenemos que hacerlo desde narraciones horizontales. El otro es un igual, un sujeto digno, uno como yo ( y esto sólo se produce si hay un trabajo previo, una formación previa y una reflexión que incluya la ética de la intervención)
  • No puedo obviar decir que las narraciones horizontales, que provocan verdadera empatía, deben llevar no sólo a la ayuda puntual a la persona concreta, una ayuda que es imprescindible, pero que no puede olvidar que, en muchas ocasiones, esa situación que vive la persona ayudada es fruto de una estructura social injusta. La verdadera ayuda pasa, en la mayor parte de las ocasiones, por la puesta en marcha de procesos que transformen toda la realidad social. Eso es compromiso social y político. La verdadera ayuda tiene esta dimensión, ya sea para comprometerse en primera persona o para facilitar que las personas ayudadas sean el sujeto de su propia liberación y desarrollo personal, también, en esta dimensión. En realidad esta es la base del Trabajo Social como profesión desde su origen.



2 comentarios:

  1. Cuanta razón.... lo que más curioso resulta es que para hacer algo gratis todo el mundo te dice que sí, pero a la hora de pagarte ah, amigo, todo son trabas, problemas y discriminación. Ni los trabajos son tan difíciles ni los voluntariados tan fáciles.

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  2. Muy buena entrada sobre el voluntariado, Joaquín. De hecho creo que en alguna ocasión utilizaré ese texto para trabajarlo con voluntariado, porque hace una diferencia fundamental y además explicado de la mejor forma posible. Gracias!!

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