lunes, 22 de septiembre de 2014

Necesidad de subsistencia y autoconcepto

Estoy leyendo un libro formidable. Me lo recomendó hace unos días Paco Goyanes, el librero de +libreriascalamo. Se trata de 1945. Año cero. Un libro de historia que se centra específicamente en lo acontecido en los países que participaron en la II Guerra Mundial durante ese año en concreto.

El libro estructura sus capítulos en torno a algunos términos que actúan como aglutinantes. El desarrollo de las ideas principales ilustra su análisis con una profusa serie de anécdotas, fragmentos de cartas, discursos, artículos de prensa, cartas al director, diarios, testimonios. Agrupados a su vez en tres partes: complejo de liberación, despejar escombros y nunca más.

El libro presenta una realidad muy cruda y, en general, muy desconocida. Describe, por lo que más me interesa, una Europa absolutamente destrozada, cruel, despiadada, derruida en los más profundo. Un paisaje desolador. Describe un tiempo en el que los supervivientes del conflicto todavía no saben lo que ha sucedido, en el que dificilmente pueden imaginar lo que vendrá después. Los primeros capítulos son especialmente duros. Creo que no es una mala lectura para poder leer nuestra realidad actual con la adecuada perspectiva. Entonces sí que Europa estaba en lo más bajo. En todo caso, a lo largo de la lectura, me han venido a la cabeza los primeros capítulos de otro libro imprescindible Posguerra de Tony Judt, ya comentado en este blog.

Sirvan estos primeros párrafos para situar el contexto de la reflexión que pretendo transmitir en esta entrada, que no trata tanto de ser una reseña del texto sino reflexionar en torno a una de las anécdotas que detalla el libro y lo que esta me ha hecho pensar..

Cuando los aliados liberan los campos de concentración no saben lo que se van a encontrar. No tenían un conocimiento real de lo que había sucedido. Algunos altos mandos sabían que existían los campos y que en ellos se estaba maltratando y asesinando a personas, pero no tenían una conciencia real del plan de exterminio, ni de su alcance. Lo que vieron los primeros que llegaron a los campos los desconcertó. La anécdota que me ha llamado la atención tiene que ver con el campo de Bergen-Belsen. En el centro-norte de Alemania. Allí encontraron aparte de a cientos de cadáveres por los suelos, a muchos supervivientes que estaban literalmente en los huesos, con una desnutrición agudísima. En aquellos tiempos no se sabía tratar este problema y no se disponía de más medios que las raciones militares. Muchos de los supervivientes siguieron muriendo de enfermedades, o con el intestino perforado por la inadecuación de las raciones de comida. En ese periodo, a través del método acierto-error, es cuando se comenzó a saber adecuar la alimentación adecuada para tratar este tipo de problema.

Pero tampoco es esta la anécdota que me ha hecho pensar. Lo que me ha llamado la atención es esto: 

"... las condiciones que se daban en Alemania eran caóticas; tanto, que cierto día, a finales de abril, llegó una remesa misteriosa que contenía grandes cantidades de barras de labios.
Semejante artículo resultó ser un regalo caído del cielo, tal como recuerda el teniente coronel Gonin, oficial al mando de una unidad de ambulancias:
"Creo que no hubo nada que hciera un bien mayor a las internas que aquel carmín. Estaban tendidas en sus camas, sin sábanas ni camisón, pero con los labios pintados. Vagaban de un lado a otro sin más ropa que una manta echada sobre los hombros... y los labios pintados... Al fín alguien había hecho algo que volvió a convertirlas en seres individuales; volvían a ser alguien, y no solo un número tatuado en el brazo. Por fín podían prestar cierto interés en su aspecto externo. Aquellos pintalabios comenzaron a devolverles su humanidad"
La anécdota me ha hecho pensar inmediatamente en la pirámide de  Maslow que continúa siendo algo así como la biblia (consciente o inconscientemente) cuando se aborda el tema de las necesidades sociales, al menos en el ámbito en el que me muevo. Me da la sensación de que o los humanos cerramos pronto las etapas que van de un escalón a otro, o necesitamos el autoconcepto como el comer, nunca mejor dicho. Creo que las necesidades no van por ese orden jerárquico, que van mucho más unidas, que a la vez que se atienden las necesidades de subsistencia hay que trabajar desde la perspectiva del autoconcepto. La anécdota me ha traído a la memoria los textos de Boris Cyrulnik sobre resiliencia. Vamos que junto con la cobertura de lo básico debemos incorporar unas cuantas barras de carmín.

Permitidme dar ahora un salto aventurado desde esta anécdota de 1945 a nuestras intervenciones en materia de inclusión social. Creo que seguimos especialmente empeñados en cubrir estas etapas por el orden teóricamente adecuado. Incluso las hemos llegado a institucionalizar, al menos de alguna forma, en las prestaciones económicas desarrolladas bajo el concepto de renta de inserción. Me da la sensación, en realidad es algo que he contrastado con algun@s compañer@s que han trabajado en importantes procesos de inclusión social, que si tuviéramos en cuenta el trabajo emocional y el autoconcepto conseguiríamos mejores éxitos que empeñados en mantener el control a través de determinadas prestaciones económicas. Creo que debemos darle vueltas a la idea de cambiar la "obligación de insertarse" por el "derecho a insertarse". Seguramente si pensamos distinto actuaríamos distinto. De esta forma cambiaríamos, además, la perspectiva ética de la intervención, conjugando de forma distinta los conceptos libertad/protección. Algo a lo que considero que le tenemos que dar más vueltas y resolver de otro modo.

Por cierto el libro al que hago referencia está publicado por la editorial Pasado&Presente (web aquí) y el autor Ian Buruma (wikipedia inglés aquí)

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