miércoles, 10 de septiembre de 2014

Crítica, espíritu crítico y estereotipos

El espíritu crítico forma parte de los legados de la Ilustración. El concepto está directamente emparentado con los de razón y progreso, estructuras mentales con las que los occidentales nos enfrentamos a la realidad y que nos han llevado a lo mejor y a lo peor. Cada vez que queremos provocar el avance de nuestra sociedad, facilitar el progreso, utilizar la razón, el espíritu crítico cumple la función de avisarnos, de recordarnos que tenemos que tener en cuenta las enseñanzas del pasado, que es conveniente someter nuestras más firmes convicciones, nuestros objetivos, a un especial escrutinio.

Entiendo que el espíritu crítico consiste en enfrentarse con la realidad y descubrir sus engaños, nuestros errores de percepción, los mitos en los que se adormece nuestra razón; las expectativas que infunden excesos de optimismo; consiste en encontrar los espacios en los que cabe la mejora de lo existente, la novedad que explica mejor la realidad, que la transforma en el mayor beneficio de la humanidad

Conocedores de todo esto exigimos que enseñen a nuestr@s niñ@s, adolescentes y jóvenes a pensar, a tener espíritu crítico; pero a menudo se nos olvida que esta competencia personal es mucho más complicada de ejercer de lo que nos parece y que la practicamos menos de lo que creemos. De hecho creo que corremos el riesgo de caer en la simple posición en contra, en confundir este duro ejercicio intelectual con criticar, desde una perspectiva casi siempre negativa, ya sea un documento, una política, una actuación o una época histórica. A lo largo de los últimos años va creciendo en mí la sensación de que creyendo transitar el camino del espíritu crítico acabamos cayendo en la simple crítica, a menudo, excesivamente estereotipada. El actual momento de crisis es más proclive a esta confusión. Muchas de las actuales estrategias de comunicación mediática y política facilitan un debate excesivamente superficial, falto de matices, agresivo, fundamentado en esquemas rígidos.
Criticar algo no es lo mismo que tener espíritu crítico. Creo que uno de los elementos principales de este último concepto está en el intento de descubrir los puntos de vista del otro, también del adversario, aquellos que cuestionan mi forma de ver las cosas, que modifican mi pensamiento, mis posiciones. La clave está en buscar aquello que me hace cambiar la mirada, que cuestiona mis a priori, no exclusivamente aquello que lo fortalece. Paradójicamente los avances personales y de la sociedad se producen cuando lo inesperado sucede y eso nunca procede de lo que confirma mis convivciones.
El espíritu crítico exige, por eso mismo, ejercitar la memoria hacia lo propio tanto o más que hacia lo ajeno. Es imprescindible recodar las tomas de posición fallidas, los análisis errados, los empecinamientos que nos han conducido al lugar contrario del que queríamos ir, las innumerables veces en las que la historia nos ha quitado la razón.

Intentar mantener el espíritu crítico supone ponerse intelectualmente al margen. María Zambrano lo explica magníficamente en Persona y democracia. El lugar ideal del pensamiento es el del exiliado, el que participa de lo que acontece pero no acaba de pertenecer de ello. El lugar del extrañamiento. Es un lugar privilegiado para la libertad porque la corriente que nos lleva arrastra también la capacidad de ejercer ese que es probablemente el principal valor de la democracia.

Digamos que esta entrada está motivada por la sensación de que el debate social y político está aquejado de "tertulianismo", un síntoma de la simpleza con la que abordamos los asuntos ya que resulta imposible que esa gente sepa de todo lo que está hablando. Podrá opinar, no lo dudo, pero no se puede opinar de todo. No hay tiempo para prepararlo y menos en un formato en el que no se permite profundizar en los asuntos, sólo se permite abordarlos superficialísimamente. Lo mismo sucede con el debate en twitter, una extraordinaria herramienta que bien usada puede transmitir de forma viral contenidos interesantísimos en tiempo record, pero que demasiado a menudo cae en el exabrupto y la falta de formas y maneras.

La actual característica del debate político es que está aquejado de los males de las estrategias de comunicación. Comenzaron los neoliberales pero en el empeño por combatirlos se están utilizando los mismos métodos sin cambiar en realidad los contenidos. Puede que el debate emocional se neutralice, pero se establece únicamente en el ámbito de lo mediático y lo electoral. Mientras tanto los verdaderos debates que deben estar encaminados a la resolución de los verdaderos problemas de los ciudadanos quedan arrinconados.

Hay dos términos que me parecen profundamente equivocados en este debate, que se están utlizando con profusión y se están utlizando con fuerza porque parecen servir al objetivo electoral pero que carecen de verdadera capacidad transformadora porque señalan los problemas donde no están, ahorrándose así el esfuerzo de análisis y de propuesta. Se trata del término "casta", que se está acabando por utilizar para señalar a todos aquellos que no piensan como yo y a los que quiero silenciar, en un ejercicio que oculta las verdaderas causas de la crisis actual.  Y se trata del último término recién llegado que es "el régimen del 78" en un ejercicio que vuelve a fallar en el análisis y, por lo tanto, en las soluciones propuestas. Desde este término se pretende descalificar todo lo existente antes de "mi llegada". Todo lo viejo debe morir, todo lo nuevo es bueno.

Me escama la estrategia. Es muy antigua. La retrató magistralmente Lampedusa. Nos advierte contra ella Zweig en su memoria del periodo de entreguerras. Los saltos hacia delante queriendo borrar la historia inmediata suelen errar en el análisis y en el destino. Me suena demasiado a chivo expiatorio, a alejamiento de las propias responsabilidades, a estrategia para alcanzar los objetivos, a falta de profundidad, a simpleza eficaz para afrontar el debate de los problemas reales que se quieren obviar, ya llegará su momento. Desde siempre los estereotipos, las etiquetas han sido una magnífica herramienta de  control social y político, provocan que nadie quiera formar parte de los "señalados" y permite desviar las propias responsabilidades. Por ejemplo estas etiquetas conducen a que militantes sindicales, sociales y políticos muy curtidos en mil y una luchas tengan que escucharse que son "casta" y son responsables de que el "régimen del 78" se haya mantenido en pié. Tienen una única oportunidad para salvarse. Convertirse al nuevo credo, si no su experiencia pasará por la trituradora de la historia algo que se tienen que oir de gente que en los años pasados nunca los acompañó en esas peleas pero aprovechaba sus logros.

No me parece el camino adecuado para profundizar en la democracia, más bien al contrario.Quizá por eso cobra sentido para mi la frase del poeta Octavio Paz que afirmaba que "La política es el arte de la convivencia, no el arte de cambiar a las personas"

2 comentarios:

  1. Totalmente de acuerdo, Joaquín. Cualquier día además nos acusarán a algunos de “casta funcionarial” (ya está sucediendo) y a pesar de habernos partido los cuernos y dejadas las pestañas durante años intentando construir un sistema de servicios sociales digno, vendrán a salvarnos con maravillosas propuestas y medidas que, cual elefante en cacharrería, terminarán de destruir lo poco que queda en pie. Saludos y comparto.

    ResponderEliminar

A continuación puedes dejar tu comentario sobre esta entrada.