lunes, 18 de noviembre de 2013

Hay personas que se sientan en sillones de cuero y se convierten en robots

La primera y única vez que he asistido a un juicio fue hace muchos años, unos 25. Lo hice en calidad de testigo en un proceso penal contra un muchacho al que conocía por participar en las actividades de la asociación juvenil en la que participaba en esos momentos (la JOC) 

Aquel chico había robado en un sex shop, se apoderó de lo que hoy serían unos sesenta o cien euros (lo que había en caja) y un par de revistas porno. Su perdición fue que lo hizo amenazando a las víctimas con una cadena y aunque no les dañó físicamente el delito se consideró atraco a mano armada. Le condenaron a dos años y un día. Entró en prisión. Me quedó la sensación de que el castigo era excesivo, que ese chico saldría de la prisión, con casi total seguridad, con peores posibilidades de enfrentarse a su vida que antes de entrar. No lo volví a ver ni he vuelto a saber nada más de él, pero me impresionó la historia y la llevo en mi mochila hasta hoy.

Nunca he entrado en una prisión pero siempre que pasé al lado de la que había en Zaragoza, que  estaba en pleno casco urbano camino al Cementerio, no podía evitar una extraña sensación de inquietud causada por su valor simbólico.

¿Por qué cuento todo esto? Por que estoy leyendo con muchísimo interés el libro de Mercedes Gallilzo (wikipedia aquí) Penas y personas. 2810 días en las prisiones españolas (Editorial Debate aquí). Merche fue, durante los ocho años del gobierno del Presidente Zapatero, Directora General de Instituciones Penitenciarias. Su libro me está haciendo pensar y mucho, me ha traído a la memoria el caso de aquel muchacho, y me ha puesto ante los ojos una realidad que conozco muy poco y muy mal.

Conocí a Merche hace algunos años, en asambleas y reuniones políticas y sindicales. Cuando tuve noticia de que la nombraban Directora General y que se iba a encargar de las prisiones fui consciente de que había asumido un gran "marrón", una tarea que no suele tener muchos voluntarios, una gestión complicada, de difícil manejo y poquísimo lucimiento. También supe o supuse, por lo que la conocía, que haría lo posible por mejorar este ámbito, que intentaría situarse en la estela de algunas grandes mujeres que la precedieron en el interés por mejorar la vida en las prisiones españolas desde la política, desde la transformación de la sociedad. Estoy pensando en Victoria Kent (wikipedia aquí) o en Concepción Arenal (wikipedia aquí) a las que Merche cita en su libro.

En el texto Merche recoge una serie de cartas que le fueron enviando los internos de las prisiones a lo largo de los años de desempeño de su puesto. Lo cierto es que les otorga todo el protagonismo aunque, tanto en las primeras páginas como a lo largo de las pequeñas presentaciones que hace de cada una de ellas, desliza reflexiones que ponen en cuestión tanto nuestro sistema penal, como nuestro sistema penitenciario, sin olvidarse de nuestros propios prejuicios hacia los presos.

Para no extenderme demasiado en esta primera entrada dedicada al libro, (le dedicaré alguna más, al menos esa es mi intención), me voy a centrar en la frase que sirve de título a esta entrada, una frase tomada de una de las cartas. Es una frase que me interroga personal y profesionalmente. Merche es muy cauta y discreta en sus reflexiones, sobre todo evita juzgar a las personas, sean estas internos o funcionarios, pero eso no evita que lo leído en las cartas de los presos no suponga un verdadero interrogante para todos los que nos dedicamos profesionalmente a cualquier tarea vinculada a la política social.

Leyendo las cartas de los internos no puedo dejar de interrogarme sobre las muchas ocasiones en las que nos refugiamos tras la mesa de la burocracia para no entrar en el fondo de los asuntos y de los  problemas de las personas, para ver más allá de lo inmediato, del dato y del papel. Leyendo las cartas pienso en los compañeros y compañeras que sí lo intentan continuamente, que me sorprenden intentando salir del agujero cómodo en el que, más a menudo de lo que sería deseable, nos metemos. Por sólo buscar un ejemplo me acuerdo especialmente de Nacho Santás, cuyas originalidadades vuelca en su blog que os recomiendo vivamente (blog aquí)

Creo que Merche consiguió pasar por su cargo sentada en un sillón de cuero, al menos metafóricamente, sin convertirse en un robot. Ese debería ser nuestro objetivo. La lectura del libro de Merche nos puede ayudar a mirar a los ojos de algunas de las personas a las que atendemos en el Sistema de Servicios Sociales a través de las cartas que le enviaron a quien creyeron que podía ayudarles a mejorar su situación.

Su forma de desempeñar su responsabilidad política, en un momento en el que los políticos son tan denostados, generó en muchos reclusos la sensación de que alguien les podía escuchar, como de hecho, como lo demuestra este libro, lo fueron. Su libro dignifica la función política y genera tantos interrogantes que bien merece la pena su detenida lectura. 

1 comentario:

  1. En realidad ese es el objetivo que todos tenemos y que nos hace encarar cualquier responsabilidad con la ilusión de "yo voy a cambiar las cosas", pero en algún momento a la mayoría de las personas se les enciende un interruptor que les hace preferir sin pena ni gloria por sillones realmente importante. Eso es lo que da valor a personas como Mercedes, no solo el buen desempeño de sus funciones, sino haber mantenido la claridad de ideas del primer día; desde luego con todos sus errores y aciertos pero con la intención de hacer cosas. Magnifica entrada, mil gracias.

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