martes, 10 de junio de 2014

Las tres bodas de Manolita. De Almudena Grandes.

España ha vivido de espaldas a su memoria. De niño y adolescente viví en una España que quería olvidar, que le tenía miedo al recuerdo. Había mucho sufrimiento y mucho dolor, pero sobre todo había mucho temor acumulado.

De todas manera si hay algo que predominaba fundamentalmente en esos años (estoy hablando de finales de los sesenta y los setenta) era el silencio. Lo que se había visto y oído quedaba escondido, especialmente a oídos de los niños, deduzco que por temor a que nos fuéramos de la boca, por preservar cierta sensación de seguridad. Creo que de esa forma, repetida en muchas casas, se fue generalizando y haciendo común la idea de que acabada la guerra se había acabado todo y cayeron en el olvido las historias de la posguerra.

Los únicos recuerdos de aquella Guerra, recuerdos concretos que escuché, lo fueron en boca de mi abuela materna a la que acompañaba en la cocina. Le ayudaba a hacer pequeñas tareas y en el entretanto, muy de tarde en tarde, quizá tal vez en alguna visita de algún familiar, la memoria es frágil, relataba pequeñas historias que en mi recuerdo quedaron como de la Guerra Civil. Yo era muy pequeño (murió muy pronto) y me quedé probablemente con lo más anecdótico, con historias de las que recuerdo más las emociones que los datos. Predominan en mi recuerdo relatos de sirenas, carreras, bombardeos, refugios, casas destrozadas, muertos en las calles (mi abuela vivió la guerra en Barcelona). Entre esas historias de la Guerra acude a mi memoria otro relato más brutal, lo escuché al menos una vez pero pudieron ser varias. Las personas que volvían al pueblo de mi abuela al acabar la guerra lo hacían, eso me dicta el recuerdo, en un camión, cuando el vehículo se acercaba al pueblo tocaba el claxon, era la señal convenida. Les salían a esperar, a dar "la bienvenida": rapados de pelo, aceite de ricino, encarcelamientos, fusilamientos. De cualquier manera los adultos siempre acababan interviniendo para convenir que eso ya había pasado y que había que evitar que volviera a ocurrir.

Me ha parecido inevitable hacer referencia a estos recuerdos en esta reseña del último libro de Almudena Grandes porque de alguna manera su lectura me ha vuelto a sacar estos recuerdos de la memoria. Me ha hecho pensar en los procesos colectivos que nos han llevado al olvido, a no querer recordar, a no querer hablar, a considerar que todo está dicho o que hay que enterrar esos recuerdos. Que volver a hablar de esto no es bueno, que no sirve para nada. Que ya se ha escrito y publicado mucho sobre todas estas historias, que ya son agua pasada. La serie de novelas "Episodios de una guerra interminable" vienen a poner recuerdo y dignidad donde hay olvido y ganas de pasar de lo que pasó.

Soy de los que piensan que superar el pasado exige no tanto volver para darle vueltas al asunto como volver para situar la experiencia, encajarla en la propia trayectoria colectiva. Una trayectoria que por su realidad traumática precisa del recuerdo y la rememoración para poder proyectar el futuro sabiendo lo que fuimos. También soy de los que piensan que la verdad suele estar alejada de la equidistancia. En muchas ocasiones las actitudes que pretenden la neutralidad suelen ser la coartada de la inacción o directamente la justificación de la injusticia. Le oí a Gervasio Sánchez, periodista al que nadie podrá negar su experiencia en todo tipo de conflictos, que cuando no resulta fácil averiguar quien tiene razón la verdad se encuentra en boca de las víctimas.

Viene al caso este pensamiento porque lo que hace Almudena Grandes en sus novelas, en su serie, es dar voz a las víctimas de la Dictadura franquista olvidadas por las circunstancias, por la necesidad de olvidar para poder convivir. Algo que ya no es preciso, que ya no debería ser preciso, que es cada vez más injusto. Grandes le da en su serie voz a las víctimas más olvidadas, a las del periodo de posguerra, un periodo del que se suele querer negar que el conflicto subsistió, que los  vencedores trataron sin piedad a los vencidos extendiendo durante muchos años las consecuencias de la victoria, y que los vencidos, cuando pudieron y tuvieron energías, organizaron la resistencia.
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En Las tres bodas de Manolita se entrecruzan, como en la mejor tradición galdosiana, un conjunto de personajes atrapados por las circunstancias que caracterizaron el Madrid de la posguerra. Manolita es el personaje central, un personaje que evoluciona, que madura, que vive un tiempo que continuamente parece que va a superarle pero que no puede con ella. Interesada inicialmente sólo en vivir es atrapada por las corrientes que arrasaron el momento histórico en el que se situa su devenir. Contra todo pronóstico sale victoriosa precisamente porque decide amar, decide vivir, decide seguir manteniendo intacta la dignidad íntima de todo ser humano, decide luchar y no rendirse.

En la novela aparecen también otros personajes de la serie cuyas historias se tocan, dialogan entre sí aunque sea brevemente. La vida en las cárceles, la represión de la primera posguerra, los juicios sumarísimos, los fusilamientos, el hambre, la dificultad para salir adelante en ese ambiente, la primera clandestinidad, la trayectoria del Comisario Conesa, las delaciones y traciones, la construcción del Valle de los Caídos, niños que trabajan para redimir las penas de sus padres encarcelados...



Uno de los elementos que hace interesantes estas novelas es el tratamiento de los personajes, son dibujados teniendo en cuenta la enorme complejidad de las motivaciones que nos mueven. Son personajes complejos, reales y consecuentemente inesperados. Gracias a esta complejidad en la construcción de los personajes la novela no comete el error de derivar por el camino de las historias simples de buenos y malos.

Para complementar esta reseña señalar que la página que Tusquets ha construido para Almudena Grandes y en concreto para esta novela es muy interesante (aquí),. Está llena de materiales complementarios entre los que destacan algunos videos con testimonios de personas cuyas historias reales inspiran el entramado de la novela. He traído hasta esta entrada una entrevista a Isabel Perales, que inspira el personaje de la niña que trabaja para redimir la pena de su madrastra.  La puedes ver a continuación:


El testimonio de Isabel Perales - Las tres bodas de Manolita - Almudena Grandes from Tusquets Editores on Vimeo.

Para finalizar y abrir boca para animaros a la lectura os dejo con mi fragmento favorito de la novela:
“Con ellas había aprendido que renunciar a la felicidad era peor que morir, y que el anhelo, el deseo, la ilusión de un porvenir mejor, aunque fuera tan pequeño como el que cabe entre una pena de muerte y una condena a treinta años de reclusión, era posible, era bueno y legítimo, era digno, honroso hasta en aquella sucursal del infierno donde había hecho cola todos los lunes del mejor verano de mi vida. Aspirar a ser feliz en una cárcel era una forma de resistir, y eso, aunque mi madrastra jamás lo entendería, no era una mera renunciar a la normalidad, a la comodidad, al destino apacible de la gente corriente, sino una elección libre y soberana. El fruto de la única libertad que me quedaba” (p. 610)

Por cierto, con esta reseña inicio una serie en la que comentaré algunas de las novelas que más me han gustado en los últimos meses por su os apetece una lectura sosegada de verano.

1 comentario:

  1. De acuerdo con toda la reseña. He leído esta y las anteriores de la la serie sobre la Guerra Civil. Almudena se crece en cada una de ellas. Si me gustó "Inés…", "El lector…" trajo a mi memoria instantes vividos, frases, sucesos que, aunque niña, chocaban abruptamente con mi inicial sentido de la justicia en los años que viví en Andalucía, entre el 58 y el 66.
    Esta última es grandiosa y el fragmento que destacas es, a mi modo de ver, el resumen de lo que creo que quiere transmitir la autora: toda una lección de filosofía y de actitud vital ante el abuso y la prepotencia. IMPRESCINDIBLE

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