miércoles, 12 de noviembre de 2014

La historia de Shi Huang Ti

Con el permiso de Wang y de Pedro Celimendiz (blog aquí) esta entrada la voy a comenzar recordando la historia de un Emperador chino, bien es verdad que pasada previamente por el tamiz de un argentino muy singular, Jorge Luis Borges, quien inicia su libro de relatos Otras inquisiciones con la inquietante historia de Shi Huang Ti que "dispuso que se quemaran todos los libros anteriores a él" y lo hizo justo después de que ordenara construir nada más y nada menos que la Gran Muralla China. Borges no parece muy extrañado y por eso dice que "Quemar libros y erigir fortificaciones es tarea común de los príncipes"..."Tres mil años de cronología tenían los chinos cuando Shi Huang Ti ordenó que la historia empezara con él"

Es una tentación humana creer y querer que el mundo comience con uno mismo. Digamos que forma parte de lo que se ha acabado llamando conflicto generacional por el que los recién llegados al mundo, en cuanto tienen uso de razón y capacidad de utilizarlo, intentan sustituir (algunas veces suplantar) a las generaciones anteriores en el ejercicio del poder; al fin y al cabo el mundo es tanto de los unos como de los otros. Sucede, además, que de vez en cuando alguna generación manifiesta más intensamente su disconformidad con el mundo que le han legado y eso está pasando ahora no sin razón.
  
Todos los que han querido ser especiales o se han sentido especiales han propalado a los cuatro vientos que su tiempo era un tiempo nuevo. Ya sucedió con el Renacimento que autoproclamaba su radical diferencia con el devenir histórico anterior con tanto éxito que ese punto de vista y esa división radical de la historia occidental en fragmentos rígidamente separados ha llegado hasta nuestros días y sigue colonizando nuestra concepción de la evolución de nuestras sociedades en el tiempo. Diferentes historiadores, como el francés Jacques Le Goff, dedican sus desvelos a demostrar la futilidad de este punto de vista señalando que los tiempos históricos manifiestan una mayor continuidad de lo que a menudo nos interesa creer y reflejan los relatos que construimos para explicarnos quienes somos.

La diada viejo-nuevo (y los relatos que le dan cuerpo real) que se está poniendo de moda en el debate político es tan vieja como el mundo y sus relatos. No hay nada nuevo en su propuesta y más bien esconde el riesgo de repetir viejos errores si creyendo cambiar sólo lo contingente (es decir los que mandan) deja de cambiar los imprescindible (es decir las estructuras que crean los problemas actuales que tienen más que ver con la estructura real del poder, que no es exclusivamente política; ni las estructuras sociales, que son las que están creando el verdadero sufrimiento a la mayoría de nuestros compatriotas). Eso y no otra cosa recoge El gatopardo de Lampedusa, que recuerdo que relata la historia de la revolución garibaldiana en la Sicilia del siglo XIX. Aparentando cambiarlo todo cambiaron exclusivamente al Rey, tal vez los uniformes y alguna que otra apariencia, pero no cambiaron nada más. Cambiarlo todo para no cambiar nada puede ser la consecuencia lógica del voluntarismo y la ausencia de programa y alternativa real. El cambio nunca es sólo una cuestión de método, el cambio real lo es siempre de contenido

Stefan Zweig, en su libro El mundo de ayer se ofrece como testigo de lo sucedido con las primeras generaciones del entonces nuevo siglo XX. Juguetearon con el entierro de lo viejo para inventar un nuevo mundo pero la idolatrización de todo lo que olía distinto y el arrumbamiento de todo lo antiguo acabó en la tragedia de los años 30 y 40. También entonces se quiso acabar con la democracia representativa presentada como origen de todos los males, también entonces se quiso enterrar el conflicto izquierda-derecha que se presentaba como superado sin darse cuenta de que este representa la que se puede  considerar "la madre de todos los conflictos": la desigualdad.

Creo que era el historiador Tony Judt el que explicaba que la subversión juvenil del 68, una revolución de inspiración izquierdista, que quiso cambiar el mundo desde sus más profundas raices, acabó acabando con el modelo socio-político de izquierdas de sus mayores, que no era otro que el que posibilitó las décadas gloriosas del Estado de Bienestar, y al no conseguir ni inventar, ni imponer un nuevo modelo ideológico, demolido el anterior, dejaron el campo vacío de ideología como para que surgiera el actual imperiodel neoliberalismo acompañado de la filosofía del pensamiento débil y la fragmentación de la experiencia vital.

Soy de la opinión desde hace mucho tiempo de que el conflicto político actual, a nivel global, tiene un marcado carácter ideológico. El neoliberalismo ha conseguido vencer e imponer su punto de vista en nuestra forma de pensar. Si todo lo que se le contrapone son diadas conceptuales tácticas, como lo es la analizada en esta entrada, la batalla ideológica seguirá estando perdida y las victorias que se puedan obtener serán puramente transitorias, gatopardianas. El cambio para que se produzca tiene que ser ideológico y programático si no no pasa de ser un cambio photoshópico de la realidad a cuenta de las herramientas del debate público.
 
Nada menos que el Eclesiastés, uno de los libros más antiguos de la Historia de la Literatura, recoge una ancestral enseñanza sapiencial: "no hay nada nuevo bajo el sol". Haríamos bien tenerla en cuenta a la hora de diseñar nuestro futuro.


2 comentarios:

  1. Wang te envía saludos y me dice que te agradezca las referencias a la historia de su país. Un abrazo.

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    1. Pues dile que igualmente y que siempre he estado muy interesado en la ancestral cultura china. Un abrazo igualmente.

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