miércoles, 2 de abril de 2014

El capitalismo como religión

Hace ya unas semanas que leí un artículo de Walter Benjamin: "El capitalismo como religión" que publicó la muy recomendable revista La maleta de Portbou. Una revista que crece con cada número que saca a la calle. Va por el cuarto, es bimensual, y os aseguro que es una entrada al mundo de las humanidades y el pensamiento. Si no os atrevéis a leer un ensayo, si no sabéis qué leer en este ámbito, por dónde buscar, La maleta de Portbou os ofrece un amplio panorama de lo que se mueve en el mundo intelectual europeo.

En su número tres, correspondiente a los meses de enero y febrero de 2014 (página web aquí), publicaba un pequeñísimo artículo del pensador Walter Benjamin alrededor del que otros importantes intelectuales realizaban una reflexión. Se trata de "El capitalismo es una religión".

Según Benjamin el capitalismo no aparece condicionado por la religión, como señala la conocidísima tesis de Max Weber, sino que es en sí mismo un fenómeno esencialmente religioso. Puede parecer una distinción baladí pero no lo es en absoluto. De ese punto de vista se pueden entresacar importantes consecuencias para entender la naturaleza del sistema en el que se desarrolla nuestra vida.

Benjamin señala que el capitalismo contiene tres rasgos que lo constituyen como una verdadera religión: es una pura religión de culto. Todo en él tiene una única y exclusiva relación inmediata con el culto, no tiene un dogma especial. Todo lo que hacemos es una actividad que se ve contagiada por el utilitarismo, a todo debemos encontrarle el máximo de utilidad. Aún sin darnos cuenta estamos rindiendo cuentas a este dios, participamos en este culto sin necesitar creer especialmente en nada. El culto dura permanentemente, no hay domingo, ni hay ningún día de diario, ningún día que no sea festivo. A cada segundo de la vida hay que encontrarle la máxima utilidad. No hay descanso posible. En tercer lugar, este culto es endeudador/culpabilizador. El capitalismo es el primer culto que no desagravia sino que endeuda y culpabiliza. “En ello radica lo históricamente inaudito del capitalismo: la religión ya no es la reforma de la existencia, sino su demolición” En este sentido Dios no ha muerto, está incluido en el destino humano, ya no es un Dios trascendente. Por último, el capitalismo debe ocultar a su dios, sólo se le puede interpelar en el cénit mismo de su deuda/culpa. “el capitalismo es una religión consistente en mero culto, sin dogma”

El capitalismo se desarrolla en Occidente de forma parasitaria sobre el cristianismo. La manifestación inicial de la deuda/culpa son las preocupaciones propias del mundo capitalista, ausentes de los mundos alejados de este culto. Quizá por eso la tan frecuente sorpresa que provoca en los visitantes de todo el periodo capitalista su choque con la cultura India. En todo tipo de testimonios, de todo tipo de visitantes, lo que llama la atención de una occidental, imbuido aún sin saberlo de esta religión de permanente culto e inexistente dogma, es que los hindúes no se muestran preocupados, en absoluto, por su situación. Un choque difícil de asumir.

Yo, por mi parte, encuentro que las continuas apelaciones a la cultura del esfuerzo, la metáfora central del neoliberalismo que concibe la vida como una carrera y las posiciones sociales como el resultado de la misma, forman parte de esta forma de religión atea. La carrera crea culpas y culpables, deudas y deudores. Somos los únicos culpables de nuestra suerte en la vida. No existen ni infraestructuras ni salvación posibles.

Como señala Benjamin “el cristianismo de los tiempos de la Reforma no propició el surgimiento del
capitalismo, sino que se transformó en él”. El dinero consiguió atraer innumerables elementos míticos del cristianismo hasta convertirse él mismo en un mito.

En este contexto el individuo recién liberado de las cadenas de una interpretación feudal de la existencia humana acaba cayendo, traicionando las intuiciones de la Edad Moderna,  en el nuevo feudalismo capitalista. En este nuevo contexto entramos en una fase de religión sin Dios trascendente, que, en todo caso, mantiene la fe religiosa como un apósito de su auténtico proceso inmanente. Es curioso como las jerarquías eclesiales, especialmente la católica, han dedicado mucho más esfuerzo a condenar las posiciones ideológicas que se le oponían abiertamente, como el comunismo, o a enfrentarse a asuntos de la vida privada de las personas, especialmente todos los relacionados con la cama, y no lo han hecho con igual fuerza y esfuerzo, con la ideología y la práctica que verdaderamente aparta al ser humano de la dimensión trascendente.

Walter Benjamin es un prolífico autor cuya obra se está publicando íntegra gracias al esfuerzo de la editorial abada (web aquí)

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