viernes, 11 de abril de 2014

El mundo de ayer. Memorias de un europeo. De Stefan Zweig

Estamos ya en plena campaña electoral para elegir el Parlamento Europeo. Me da la sensación de que no valoramos lo suficiente el significado de estas elecciones, de nuestra pertenencia a la Unión Europea, de la importancia que tiene que el conjunto de los países europeos nos hayamos puesto de acuerdo para llevar adelante un proyecto común.

Digamos que me siento profundamente europeo, posiblemente por eso, consciente de los muchos deficits en la construcción europea, entiendo que es preciso un cambio de rumbo radical y ese cambio pasa por la toma de conciencia de que compartimos historia y características culturales por encima de nuestras barreras fronterizas. Tengo la sensación de que nos pierde el provincianismo, en este caso un provincianismo nacionalista. No nos pierde sólo a nosotros, por desgracia es una realidad que compartimos con muchos de nuestros coetaneos europeos.

Durante muchos años hemos sido formados y conformados de acuerdo con la idea de la especificidad española en el contexto europeo. Una especificidad que nos situaba en los márgenes de la historia europea y que nos hacía distintos y particulares. Una idea que conjuga perfectamente con la ausencia de lecturas y estudio, con la necesidad psicológica de sentirse especiales y diferentes, propios y auténticos, y con la escasa salida o el escaso aprovechamiento de nuestras salidas al extranjero.

Quizá por eso me ha resultado tremendamente interesante la lectura del libro de Stefan Zweig: El mundo de ayer. Memorias de un europeo, publicado por la estupenda editorial Acantilado de la que me apetece leer casi todo lo que publica. ¡Lástima la falta de tiempo!

Zweig es un intelectual, ensayista y novelista austriaco y judío. Nacido en 1881, lo hizo en un Imperio, el Austro-húngaro que estaba destinado a convertirse en cenizas como consecuencia de la I Guerra Mundial. Nuestro autor emprende la tarea de escribir este libro en Brasil, alejado de su patria natal y del continente cuya cultura lo tenía enamorado. He llegado a leer, no estoy seguro de que el dato sea cierto, que envió el manuscrito de este libro el día anterior a su suicidio, el 22 de febrero de 1942. Ese mes la victoria del nazismo y sus aliados en la II Guerra Mundial parecía segura. Los alemanes habían roto el cerco británico del puerto francés de Brest y los japoneses acababan de hacerse con las posesiones británicas de Indonesia, Birmania y Singapur. Anteriormente, el 7 de diciembre de 1941, los japoneses habían atacado Pearl Harbor. Los aliados, en ese momento, no parecían demasiado capaces de darle la vuelta a la situación.

Visto desde esta perspectiva El mundo de ayer es un mensaje en una botella enviado a los futuros herederos de Europa, a nosotros, a todos y cada uno, en la esperanza pese a la desesperanza del momento inmediato, de que las cosas podrán ser distintas. No estando seguro de lo que sucederá tras su muerte, cuando ya no lo vea, Zweig quiere dar testimonio de la existencia de una Europa diferente a la de los totalitarimos que todo lo ocupaban, previa a  los intentos fallidos de algunos intelectuales de la creación de un espíritu común europeo.

El libro está magníficamente escrito. Aunque tiene más de 500 página se lee con avidez, sin dificultad. Escrito sin referencias bibliográficas, a pulso con la propia memoria.

Me gustaría destacar algunos pequeños detalles que pueden resultar significativos:
  •  Repite un par de veces un detalle que resulta sorprendente para un europeo de hoy en día. Antes de la I Guerra Mundial no era preciso el pasaporte para cruzar las fronteras de los diferentes países europeos. Curioso ¿No? Bien es cierto que en aquel momento el número de personas que viajaban era más bien escaso, pero el cruce de las fronteras por los habitantes de los espacios fronterizos centroeuropeos parecía muy frrecuente.
  •  En el primer tercio del siglo XX se vivivó la magnificación del concepto de lo nuevo y de la juventud. Nada de lo vivido con anterioridad servía para imaginar el futuro. En esa cancelación de todo el pasado, en todo ese rechazo de lo construido con anterioridad, se encontraba uno de los hilos de los que tiraron los totalitarismos que se fueron construyendo. No se trata de una relación pura causa-efecto, pero no puede dejar de encontrar cierto paralelismo con el empeño con enterrar como negativo todo lo construído por las generaciones anteriores: desde los valores de la Modernidad, pasando por la historia de los diferentes movimientos liberatorios del ser humano anteriores a nosotros, especialmente el movimiento obrero, hasta finalizar con la crítica acrítica a todo lo que se movió en el momento de la Transición. Me parece un interesante aviso a navegantes. 
  •  La idea de una Europa unida no nace tras la II Guerra Mundial. Antes de esa fecha ya existía un sentimiento común. Creo que en el camino de una Europa distinta, que haga honor a lo mejor de su tradición cultural, se encuentra buena parte de la solución a los problemas que nos acucian, no sólo como españoles sino como ciudadanos del mundo. 
Lo dejo aquí. El libro da mucho más de sí, pero un blog no es el espacio adecuado para grandes larguras y ya me he extendido demasiado. Sólo reiterar que la lectura de Stefan Zweig puede resultar interesante e ilustrativa.

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