lunes, 28 de abril de 2014

Juegos demográficos y sistema de pensiones

Una de las manifestaciones más claras de uso interesado del saber técnico se produce en el ámbito de la demografía. Es más que habitual predecir todo tipo de catástrofes sociales echando mano de unos cuantos datos demográficos. Los carroñeros sociales se aprovechan de una de las capacidades básicas de los números en la comunicación política. Se trata de encontrar una cifra mágica que consiga centrar la atención y lanzar con ella la profecía apocalíptica que predice el final de los tiempos, lo que en estos momentos se traduce como el final del Estado de Bienestar, del Sistema de Pensiones Público, de la capacidad de sostenimiento de la atención a las personas en situación de dependencia.

Se utiliza la demografía como coartada para justificar todos los recortes en los sistemas públicos de previsión y se oculta, interesadamente, que los sistemas privados de provisión de las necesidades sociales se han manifestado mucho más caros, ineficaces e ineficientes. Recuerdo, sin ir más lejos, un programa de televisión sobre la situación de los mayores en el país que nos lleva la delantera en eso del baby-boom: Japón. En ese país habían apostado por las pensiones privadas. En su momento iban estupendamente, esos sistemas de acumulación, basados principalmente en las acciones de las empresas que estaban comprando el mundo, pertenecientes a la floreciente economía nipona y vinculadas normalmente al índice Nikkei, parecían la manera más firme y fácil de garantizar una riqueza en un futuro que se preveía prometedor. Era la época en la que Japón lideraba el crecimiento mundial y las empresas del lejano oriente aparecían en las portadas de todas las revistas norteamericanas porque estaban comprando algunas de sus joyas: rascacielos, empresas...

Todo el mundo se preguntaba cómo lo hacían
Pero pasó lo que nunca iba a pasar (¿os suena la expresión?): el índice Nikkei se hundió, muchas empresas quebraron, las que quedaron lo hicieron con un valor en bolsa equivalente a un 10% del valor anterior y con ello, el dinero que durante muchos años los japoneses habían ido ahorrando para garantizar una vejez tranquila, se esfumaron.

El programa mostraba como muchos japoneses de edad avanzada se veían obligados a continuar trabajando para conseguir mantener unos ingresos mínimos. En la pantalla aparecían imágenes de personas de más de 75 años trabajando en la cocina y llevando la comida a domicilio a mayores de más de 85 años.

A estos japoneses se les vendió la misma milonga que se nos pretende vender a nosotros. Los sistemas públicos no funcionan. Ahorre en sistemas de acumulación para su futuro. En esos sistemas se basan los planes de pensiones.

Toda esta reflexión me ha surgido a raíz de la lectura de la entrevista que le hacen a la demógrafa Anna Cabré en el último número de la revista Alternativas Económicas (número 13, página web aquí, que dedica un amplio espacio a las pensiones privadas). Esta especialista viene a denunciar, a su manera, el uso ideológico que se hace del saber demográfico. Incluso la falsedad de panoramas futuros construidos con datos demográficos del presente sin tener en cuenta todos los datos posibles, o el uso de algunos datos tomados de forma sesgada para justificar el paso de un modelo de sistema de pensiones a otro, pensando a muchos años vista, construyendo modelos sobre datos parciales para justificar una postura interesada.

Hay algunas cifras (que recoge este número de la revista en otros artículos complementarios) que me han resultado especialmente significativos. Los recojo para ilustrar mi reflexión:
  • De entre los fondos de pensiones privados con más de 15 años en España (257) sólo 3 superan la rentabilidad de los bonos del Estado y sólo 4 la rentabilidad del IBEX 35.
  • Casi el 10% de estos fondos tienen rentabilidad negativa.
  •  El modelo chileno de acumulación individual, que se impuso hace unos décadas como el modelo ideal y que se nos ha propuesto continuadamente como referencia a seguir, se ha manifestado como un sonoro fracaso. Esto es algo que ha quedado en evidencia al llegar el momento de la jubilación de los primeros asegurados: cobran sólo el 54% de su último salario en activo, frente a la media del 69% de la OCDE o el 80% de España.
Hace unos años las revistas y diarios económicos lanzaban continuamente mensajes sobre la rentabilidad a largo plazo de los planes de pensiones. Esas informaciones han desaparecido porque la realidad que mostrarían y que acabo de señalar, nos llevaría a simpatizar todavía menos con la idea de que cada uno nos tenemos que buscar la vida en una entidad bancaria.

Está claro que para los partícipes de los planes de pensiones estos no están resultando nada rentables. Habría sido mejor comprar bonos del Tesoro a largo plazo, que es como decir que nos garantizan muy poco. Sin embargo, estos planes tan poco rentables para los partícipes son muy interesantes para las entidades bancarias y las compañías de seguros. Con estos planes han ingresado pingües beneficios y han participado en los juegos del casino financiero, ¿Saben contra los intereses de quien? Sí, de todos y cada uno de nosostros. Con los dineros de esas pensiones se especula contra nuestros intereses.

Los que tenemos ya unos cuantos años llevamos casi toda nuestra vida adulta, incluso un buen periodo de la juvenil, escuchando mensajes catastrofistas sobre la quiebra del Sistema de Pensiones. A lo largo de los últimos 30 años se ha predicho su quiebra en al menos tres ocasiones de una forma grandilocuente, y eso sin tener en cuenta que casi todos los fines de semanas los periódicos salmón anuncian a modo de salmodia semanal, como una liturgia de la nueva religión, el dogma de que esto no se sostiene, mantenido, eso sí, contra toda evidencia y ofreciendo como salvación una alternativa que nos hunde todavía un poco más. Es posible que haya que ajustar y afinar las prestaciones del sistema o el momento de la jubilación para hacer viable el sistema público, puede que haya que pensar en sus fuentes de financiación, pero lo que está claro es que los sistemas públicos resultan, al final, mucho más beneficiosos para el conjunto de la población que las alternativas que nos proponen.

Pertenezco a la generación que en un uso interesado de la demografía y del saber económico neoliberal se le auguró que viviría en una sociedad que se caracterizaría por un paro estructural imposible de absorber y resolver por los siglos de los siglos. Sin embargo estos ojitos que ahora miran la pantalla han visto como España tuvo que importar cuatro millones de personas para conseguir sacar adelante todas sus necesidades productivas. Está claro que las previsiones de lo que va a suceder en el futuro, incluso en el inmediato, resultan muy a menudo fallidas porque son incapaces de albergar en su interior todos los datos que condicionan la evolución de la realidad.

Esto no quiere decir, en absoluto, que la demografía o los datos no sirvan para nada, que mientan siempre (lo que miente son los mensajes de la comunicaciòn interesada, no los datos). La demografía es. de hecho, una herramienta que nos ayuda a mensurar la realidad.. Lo que hay que saber es que, al final, todas las decisiones sobre nuestra vida común, sobre la convivencia, sobre la vida económica, se toman y se deben tomar desde posturas políticas, no técnicas. La técnica nos puede ayudar a resolver problemas paramétricos, es decir, claramente mensurables, para guiar y fundamentar la toma de decisiones, pero la convivencia es un problema muy complejo, hay muchos intereses en juego y muchos de ellos son  contrapuestos, no existen soluciones paramétricas para la mayor parte de los problemas, Esto quiere decir que no existe una solución única y obvia a los problemas, que existen diferentes vías por las que encaminar el futuro. Debemos ser conscientes de que la mayor parte de las decisiones son estratégicas, políticas y esas decisiones políticas deben estar tomadas en interés de la mayoría, de la construcción de una sociedad más equilibrada, igualitaria y justa. Por eso sigo pensando que es imprescindible la vuelta de la política con mayúsculas.
 

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