martes, 28 de octubre de 2014

La consistencia de la libertad

Esto de la libertad tiene su miga. Es difícil encontrar una definición convincente. Después de muchas vueltas al torno he llegado a la conclusión de que lo que nos sucede con la libertad es lo que nos sucede con la vida misma, con el intento de definir al ser humano. 

Llevo varios años dándole vueltas al asunto, leyendo un poco de todo y he llegado a algunas conclusiones provisionales, por el momento digamos que entiendo que la libertad tiene varias dimensiones: la propia de nuestra naturaleza biológica que la crea y la limita, la correspondiente a lo filosófico y metafísico (entre otras cosas nuestra relación con lo Otro), y la propia de nuestra relación social (que no deja de ser puramente también en sus fundamentos biológica porque somos una especie social por naturaleza).

Entiendo que uno de los problemas conceptuales que tenemos a la hora de enfrentarnos a la libertad es que lo concebimos como algo estable, fijo, inmutable. Sin embargo la libertad, como la vida misma, tiene un elevado componente mutable. modificable, flexible. Uno tiene la capacidad de ser libre pero la libertad es una propiedad que se trabaja, que se amasa como el barro para construir con esa materia la vasija que deseemos. Tenemos la obligación de recomponerla porque no se puede cocer en un horno para que adquiera una forma fija (dejaría de ser libertad) y está en continuo movimiento, a cada rato le estamos dando una forma nueva.

El problema del neoliberalismo es que reduce el marco de la libertad a un ámbito que presentan como muy amplio pero que resulta terriblemente estrecho. Para ellos la libertad consiste en que cada miembro de la sociedad, al margen de la intervención de lo colectivo salvo en unas cuestiones muy, muy básicas (sobre todo las relacionadas con el aseguramiento de la propiedad privada) pueda hacer lo que quiera sin interferencia de los demás, ni de ningún ente (leasé Estado) que imponga una voluntad externa. Esta forma de ver la libertad está convirtiendo la materia de la vida de muchas personas, de la mayoría en realidad, en cada vez más liquida, como acierta a decir en su metáfora el gran Zygmunt Bauman. Digamos que estamos licuando la materia de la que se compone nuestra libertad, al no haber límite a la voluntad de las personas, al desaparecer las posibilidades de protección del Estado, las personas desprotegidas, el precariado, ve como su vida, su libertad, se licua. Y con el barro licuado no se puede hacer ninguna vasija. Eso es lo que sucede con los excluidos, con los que están fuera del ámbito de lo protegido. (Por cierto el nuevo número de La Maleta de Portbou dedica unos cuantos artículos al tema del Precariado, realizados en colaboración con el colectivo Agenda Pública, que resultan muy interesantes (de momento he leído uno de Pau Mari Klose y José Saturnino Martínez muy recomendable)) El problema del precariado no es sólo que no dispongan de posibilidades y de oportunidades en la vida (que ciertamente no) si no que se les está hurtando la posibilidad de amasar su proyecto singular, personal y con ello se les quita lo que es más propio del ser humano, la posibilidad de ser libres. Son personas dependientes de lo que el sistema socio-económico y el azar les depare. Según los neoliberales son libres, según las normas constitucionales también, pero en lo que de verdad importa, tienen una capacidad de libertad muy estrecha. Digamos que se ponen en el torno y no hay manera de que la cosa coja forma. Tienen derechos civiles, derechos políticos pero no tienen derechos socioeconómicos, sin ellos no es posible ser ciudadano, no es posible ser libre.

Es evidente que no existe sólo un riesgo de aguar la mezcla, existe otro que es crear un proyecto que no deje espacios a la libertad, en realidad que se pase por el otro lado, por un exceso de intervención, que impida el ejercicio, igualmente, de los proyectos de las personas. El exceso de sólido hace imposible que el barro se pueda moldear, de hecho la mezcla se quiebra, pierde la consistencia necesaria. En esos casos pueden acabar diciéndote que ya te dan la vasija acabada, igual para todo el mundo. Te quitan el torno y a contemplar la vasija que te ha tocado.Me preocupa que en nuestras intervenciones pequemos por exceso, ya lo he comentado en varias ocasiones en otras entradas de blog.

Sea como sea lo que me interesa destacar es que la libertad es una materia que necesita la suficiente agua y la suficiente tierra como para poder hacer una masa moldeable y debemos recordar, que de cualquier manera, siempre está en el torno, dando vueltas y nos exige una actitud activa para componer nuestro proyecto. Hay circunstancia social por un lado y por el otro habilidad y voluntad personal. No creo decir nada excesivamente nuevo. El Estado de Bienestar es una forma estupenda de proporcionar la suficiente solidez a la mezcla con la que moldeamos nuestro proyectos vitales y, a la vez, es evidente que este no puede sustituir la puesta en marcha de las capacidades de cada un@. Es seguro que los que están muy forrados y muy seguros no lo necesitan, pero también lo es que sin un mínimo de protección en los riesgos más importantes de la vida la mayoría no tiene con qué construir su libertad. El Estado de Bienestar no tiene por objeto y objetivo sólo garantizar una sociedad algo más justa e igualitaria (al menos proteger a los más débiles) si no que resulta básico, en nuestro modelo social, para garantizar la libertad de las personas.

Nuestro reto inmediato es uno que parece que le da mucha risa a los señores diputados del Partido Popular (lo digo por la reacción en el Congreso a la propuesta de Pedro Sánchez de un plan contra la pobreza infantil) Existe una fractura muy importante en nuestra sociedad. Los jóvenes y los niños (está claro que los de determinado origen social más) tienen un futuro sencillamente imposible y lo que tienen comprometida es, entre otras muchas cosas, la posibilidad de ser libres.

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