viernes, 24 de octubre de 2014

Los regalos inesperados de las lecturas poco evidentes

No me cansaré de repetir que los aprendizajes más interesantes, los momentos "ayvá" como les he comenzado a llamar (seré que mi niñez se produjo en medio de anuncios de Donuts), se producen en los lugares más inesperados. Las sorpresas son, sin duda, uno de los mejores acontecimientos que se pueden producir en tu vida (salvo que sea la sorpresa del coche que te va a arrollar, lo que en este caso no tiene ni pizca de gracia).

Ya he comentado en alguna ocasión que participo en una tertulia literaria. Nos solemos centrar en la lectura de un libro propuesto por uno de los miembros del grupo, pero dedicamos un espacio a comentar lo que cada uno ha leído en las últimas semanas. Me gusta este espacio porque no hablamos nada ni de Servicios Sociales, ni de Política Social, ni de nada que se le parezca, lo cual es un ejercicio de salud mental imprescindible.

Bueno. Una de mis contertulias se había leído un curioso libro titulado La música como pensamiento. El público y la música instrumental en la época de Beethoven. Con ese título supongo que salvo los melómanos y beethovianos, que de todo tiene que haber en la viña del Señor, la mayor parte os habríais puesto en guardia. Mejor ni tocarlo .De hecho algunos que me han visto con él en la mano me han espetado eso de "¡Te lees cada cosa! Lo reconozco y lo suelo decir: me leo cosas inconfesables. Sin embargo creo que hacemos mal, especialmente los especialistas de una materia, sea esta la que sea, en no intentar indagar en las razones de las otras especialidades del conocimiento, no hacerlo nos resta profundidad y distancia.

Digamos que me interesó el comentario que hizo mi contertulia. Contaba que el libro explicaba, como de hecho hace, el proceso social, político, ideológico y cultural que fue necesario que se produjera entre la última década del siglo XVIII (justo después de la Revolución francesa) y la primera década del XIX, para que la música instrumental, que se consideraba con anterioridad un arte menor, de poco valor e incapaz de transmitir ideas (esto sólo lo hacía la música cantada) acabara considerándose como la principal transmisora de los nuevos valores de la Modernidad. Y ahí, en este último aspecto es en el que me enganché yo. Eso era lo que me interesaba y lo que me ha despejado el libro que me he tragado en unos pocos días.

Uno de los mayores cambios que se produce en esos pocos años tiene que ver con el tipo de escucha que se exigía ante la música. De una actitud pasiva que buscaba fundamentalmente el placer, a una nueva actitud activa, que exige al oyente un esfuerzo intelectual de comprensión. Puede parecer baladí, no lo es. En ese ejercicio esforzado de escucha hay, de fondo, otro cambio; el que tiene que  ver con el cambio de súbdito a ciduadano, nada más y nada menos. Un tipo de persona más activa, más vital, que coge su vida por los cuernos y se pone a la escucha que sustituye a la persona pasiva y a la espera. Un perfecto ejemplo del esfuerzo que supone ser libre.

Aún más. Otro cambio significativo tiene que ver con la nueva valoración del género sinfónico. La sinfonía exige la participación de un número impresionante de músicos, con instrumentos muy diferentes. Todos necesarios, todos de igual valoración, cada uno diverso (os suena a algo) Pues sí, una estupenda metáfora para entender la igualdad. Y, además, el público ya no era el de una pequeña cámara privada, que escuchaba en la intimidad como tocaban, a menudo unos conocidos que se conocían de memoria, sino un público que debía ser muy numeroso. Aparece en la música "el pueblo". 

Y aún más. Se entendió que el género sinfónico precisamente por prescindir de su parte cantada, evidentemente en una lengua concreta, adquiría un valor universal, cosmopolita. (aunque luego fuera igualmente símbolo del nacionalismo aleman, del mejor y del peor) Una perfecta ilustración de uno de los componentes del valor de la fraternidad: la universalidad.

En la música sinfónica, especialmente en las sinfonías de Beethoven, especialmente en la novena, toman cuerpo los valores de la Modernidad en la forma en la que fueron concebidos por los intelectuales alemanes del primer romanticismo, los idealistas.  Ahí es nada.

Os reconozco que escuchar las sinfonías de Beethoven me cuesta una barbaridad, posiblemente porque no están hechas para escucharlas en el salón de casa, seguramente porque exigen ese esfuezo de comprensión; pero también os aseguro que, a partir de ahora, las escucharé con más interés y, posiblemente, de una forma mucho más completa.

Por cierto, ya fuera de este ámbito pero relacionado. Leyendo este libro confirmo la impresión que vengo teniendo desde hace ya algún tiempo: lo poquísimo que sabemos de la cultura en lengua alemana y de su trascesdencia para comprendernos a nosotros mismos (está en el centro de nuestra propia mirada cultural contemporánea), a Europa y a Occidente en general.


2 comentarios:

  1. Me encanta eso de las lecturas inconfensables.
    Aunque discreparé contigo en lo que afirmas sobre los especialistas en una materia...al final toda brizna suma a tu leña, jeje.

    Interesante la reflexión sobre la cultura alemana, si duda clave para entender mucho de lo que estamos viviendo ahora, aunque vuelvo a discrepar sobre su influencia real en nuestra forma (española, latina, mediterránea) de ser, sentir o pensar, lo germánico nos ha influído, pero nos ha calado poco.

    Un saludo

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    Respuestas
    1. Pues va a ser que te tengo que dar la razón, pero que no sirva de precedente, ¿eh?

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