miércoles, 8 de octubre de 2014

El verdadero riesgo es no modificar nuestros conceptos

Hace un par de días acabé de leer una novela estupenda. Se trata de El ciclista de Chernobil, de Javier Sebastián (página web del autor y la novela aquí) (página web de la editorial Institución Fernando el Católico aquí)

En El ciclista entramos en un mundo olvidado, el de la catástrofe nuclear de Chernobil. Debo reconocer que la leí porque me la recomendaron, nuevamente en Cálamo y nuevamente acertaron. Creo que por mí mismo no la hubiera cogido. No me atrae especialmente la literatura de catástrofes y la de Chernobil me parecía especialmente lejana. Creo que me pasa que estos acontecimientos me suelen resultar muy cargantes, salen demasiado en los medios, los inundan y nos acaban produciendo hartazgo. La sensación de dejà vu se apodera de las pantallas, las páginas de los diarios y las ondas de las radios y acabas exclamando, aunque sea por lo bajini, algo así como ¡vale ya! De esta forma las catástrofes pasan por nosotros, olvidamos con facilidad las anécdotas, en muchos casos incluso los hechos mismos, por ejemplo ¿Quien se acuerda de la primera gripe aviar en China hace más de 10 años? Provocó nada menos que el practicamente cierre del espacio aéreo del país durante varias semanas. Suele pasar que no se acaba entrando a analizar en serio lo sucedido y no se adoptan las consecuencias necesarias. En realidad tengo la sensación de que estos asuntos me cansan porque se quedan en lo anecdótico y en lo superficial y, de paso, no aprendemos nada, no sacamos consecuencias para la vida cotidiana que es, en realidad, lo que más nos debería interesar de la noticia.

Por eso creo que con las catástrofes tendemos a caer en una modalidad de pensamiento mágico. Varios siglos después de la extensión del pensamiento científico y los paradigmas racionales para enfrentarnos con los problemas de la realidad, seguimos concibiendo las catástrofes, en buena medida, como efectos de las desgracias causadas de forma inevitable por las fuerzas de la naturaleza. Es evidente que las enfermedades, los terremotos, los huracanes son fenómenos naturales. Pero no es menos cierto que las consecuencias de los mismos en las vidas de los seres humanos tienen mucho menos de naturales y mucho más de causalidad humana.

No me interesa la literatura de catástrofes, ni en general las noticias de las mismas, lo cual no es contradictorio con el hecho de que me interesen las reacciones humanas ante lo catastrófico. Por eso en mi último libro, El síndrome Katrina, partía de una catástrofe, aparentemente natural, para explicar las características de la sociedad en la que vivimos. De mi investigación para escribir el libro me quedó claro un dato que he vuelto a ver reflejado en nuevas lecturas. La diferencia entre los ilustrados y los que no lo eran en el siglo XVIII residía en el hecho de que los primeros sentían la necesidad de encontrar las causas últimas de las consecuencias de los desastres aparentemente naturales. Los que no lo eran estaban convencidos de que era así porque no podía ser de otra manera. Algo que aplicado al ámbito de las desigualdades sociales nos lleva a la idea de que si hay pobres es porque es natural. Hay pobres y hay ricos porque la naturaleza ha creado, por sí misma, tontos y listos y de esa forma prefigura la estructura social. (puede parecer un poco bestia pero el pensamiento de fondo no deja de ser este)

Lo curioso de nuestra sociedad es que pretende hacer pasar por desastres naturales lo que no son más que errores humanos. Errores que residen en la ambición de unos y la prepotencia intelectual de otros. En el prólogo de El ciclista de Chernobil se hace referencia a que su primera publicación coincidió con el desastre de Fukushima. ¿Cuántas veces nos han asegurado que las centrales nucleares son seguras? ¿Cuántas veces nos han dicho que el riesgo era tan minúsculo que era practicamente inapreciable? Me temo que ambos desastres se nos han olvidado y seguimos creyendo eso de que aquí no pasa nada, algo que es radicalmente cierto hasta que ese algo que no iba a suceder aparece en la cadena de acontecimientos. Y cuando esto pasa se acaba justificando con la idea de que las probabilidades muy pequeñas pueden acabar sucediendo. Y así hasta la siguiente. En todos estos casos se alega la existencia de un conocimiento científico que avala la decisión y la existencia de protocolos que seguidos a piés juntillas nos van a librar de todo mal. En realidad se está haciendo un uso interesado del concepto protocolo, una herramienta de gestión que lo único que asegura, bien usado, es que se puede encontrar el error en la cadena de acontecimientos para mejorarlos en el futuro y no para librarnos de todo mal. Apelando a los protocolos corremos el riesgo de introducir el pensamiento científico y técnico en el ámbito de lo mágico. Si seguimos el protocolo, abracadabra pata de cabra, nos libramos del error. Pues va a ser que no.
 
Lo interesante de El ciclista de Chernobil es que es literatura y no literatura de catástrofes, relata la peripecia de un héroe  (yo lo llamaría no héroe porque no se propone salvar al mundo, sólo se propone hacer bien su trabajo,) y las consecuencias que para su vida y la que los rodean acarrean sus decisiones. Un no heroe cuya intención sólo es ayudar a las personas e investigar la verdad, lo que de verdad sucede, aunque esto tenga como consecuencia destruir las medias verdades que justifican los grandes intereses. La segunda caracterísitica que suele aparecer en todos estos acontecimientos y sus consecuencias y que la novela relata con maestría, es la ocultación de la realidad, de las verdaderas causas, de los errores, para evitar con ello la asunción de las responsabilidades o la afectación de los grandes intereses que están en juego en este caso en el terreno de la energía nuclear.

Curiosamente justo cuando acabé de leer este libro hace dos días, cogí el móvil, leí un twitter y decidí que tenía que poner la televisión. Debo advertir que últimamente la veo muy poco, pero esta vez merecía la pena el directo. Comparecía la ministra Ana Mato con motivo de un caso de ébola contraido por una de las personas que atendieron al último de los misioneros repatriados. Tengo la sensación de que uno de los principales errores en la situación ha sido la prepotencia, tanto en el cálculo del riesgo, como en la toma de medidas, como en la confianza que parece que se había instalado porque en el primer caso no había sucedido nada, y posiblemente en unas cuantas cosas más sobre las que prefieron no especular porque la información es todavía muy escasa. Quizá por eso en esta entrada del blog he reflexionado más sobre las consecuencias del pensamiento mágico que sobre la novela, o sobre lo uno a raiz de lo otro. Creo que lo que deberíamos insistir en este acontecimiento es en sus causas reales, en los errores concretos y en los de fondo, para no volverlos a cometer. Me interesa más eso que las responsabilidades legales y políticas. ¿Qué tenemos que aprender de lo sucedido? Se me ocurre de entrada una cosa. Las epidemias vienen a demostrar que somos interdependientes, que somos un comunidad, que la sociedad existe y que no vivimos aislados. Esto tiene una consecuencia evidente, tenemos que pensar en que tenemos que organizar la comunidad y la convivencia desde el hecho mismo de que esta existe. Uno de los mantras neoliberales nos lleva a creer que la sociedad no existe, que sólo existen los individuos y, en todo caso, las familias. Nuestra forma de interactuar es exclusivamente el mercado. Si no pensamos que la sociedad existe, que este es un dato de la realidad y actuamos sin ese concepto en la cabeza podemos acabar cometiendo errores como el de desmantelar los servicios administrativos profesionalizados y públicos responsables de la salud pública, posiblemente considerado como un gasto superfluo (algo que según alguna publicación en prensa parece qeu se ha hecho recientemente en Madrid). En muchas cosas la autoregulación de la sociedad a través de la mano invisible del mercado es una auténtica falacia, la salud pública es uno de ellos, no el único, pero sí el que queda ahora en evidencia.

Suelo insistir en ello. Los conceptos son absolutamente vitales, según los que manejemos para pensar nos conduciremos de una forma u otra. Seguramente los conceptos han tenido mucho que ver con los errores cometidos en esta catástrofe. No sólo tenemos que cambiar los protocolos, posiblemente tenemos que cambiar los conceptos con los que operamos con la realidad.

Independientemente del acontecimiento concreto que he ligado a la lectura del libro, mi intención era hacer hoy una de esas entradas en las que recomiendo la lectura de una buena novela. Esta lo es, os puedo asegurar que estaréis ante una lectura de un altísimo nivel literario, una novela que conjugando ficción y con un aparente tono documental, mantiene la tensión narrativa hasta el final. Es de esos libros que engancha, que apetece seguir leyendo para saber cómo continua la historia aunque es evidente que imaginas aproximadamente el final, aunque no sabes exactamente como será y quieres saber exactamente cual es..
Esta recomendación de lectura viene avalada por su traducción a otros idiomas y por la concesión del premio Cálamo 2011.

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