martes, 21 de octubre de 2014

Yo no soy sueco

Menuda obviedad. No hay más que verme y oirme. Digamos que del título tiene la culpa una buena amiga riojana que cuando solté esta frase en una reunión hablando de políticas de familia me sugirió que tenía que escribir sobre esto (o eso entendí yo)

Digamos que es evidente que no soy ni sueco, ni alemán, ni británico, ni... Y si hay una característica que me diferencia de esos compatriotas europeos es mi/nuestra forma de vivir el concepto familia. Como diría aquel, nos gusta vivir juntos, nos gusta cuidar unos de otros, nos gusta estirar nuestras relaciones, lo hacemos a gusto, nos queremos y la forma de vivirlo y expresarlo es estar encima unos de otros, no tan literalmente como en la foto, pero vamos.... Esto es así unas veces para bien, otras para menos bien, pero es así y, en general, nos gusta que sea así. No nos entenderíamos de otro modo. (ya se amig@ lector que a una afirmación tan categórica se le pueden sacar muchos peros y matices, pero espero que convengas en que si miras alrededor la mayoría de los que te rodean están más que a gusto con sus familias, especialmente si se sienten libres para estar en ellas)

Vale, pero ¿qué tiene que ver esto con nuestro modelo social y de cuidados? Pues mucho, evidentemente mucho. Como nos encontramos tan a gusto juntos, nos queremos tanto y nuestra forma de expresarlo es esta, el modelo de cuidados mediterráneo se ha venido estructurando fundamentalmente en la atención de las familias. Y cuando hablamos de familias en esta tierra y de cuidados hablamos de.... mujeres. Como somos como somos, mucho más patriarcales de lo que deberíamos, el modelo de cuidados se ha basado tradicionalmente en dejar los cuidados a las mujeres. Digamos que el resto nos hemos hecho los orejas, los varones por motivos evidentes, y el Estado... (pues aún más) 

Desde mi punto de vista esta forma de escurrir el bulto es un problema muy importante que hipoteca de forma más que evidente la vida de muchas personas y lo hace, fundamentalmente, porque culturalmente valoramos mucho la familia y las mujeres mediterráneas valoran la familia por encima de muchas otras cosas. Las consecuencias sociales y personales pueden ser negativas, pero el sentimiento no lo es de la misma forma.

Creo que a menudo, un tanto desorientados, hemos querido cambiar el pack completo sin darnos cuenta de que son dos cosas diferentes. Que es lógico pretender cambiar lo que esclaviza a las personas pero no lo es tanto cambiar lo que viven bien o desean. El problema suele ser que no es tan fácil deslindar una cosa de la otra.

Pero a lo que voy. Entiendo que en este marco (como ya expresé en las entradas dedicadas a las políticas de familia y a los conceptos y modelos de familia subyacentes) nos movemos en un binomio al que doy cada vez más relevancia en mis reflexiones. Se trata del binomio libertad/protección. La derecha neoliberal considera que proteger a las personas es privarlas de libertad y, por lo tanto, hay que dejar que hagan lo que quieran, el problema es que las circunstancias sociales impiden que la mayor parte de ellas puedan elegir nada porque no tienen ningún margen de decisión. Frente a este planteamiento, más a menudo de lo que nos damos cuenta, las izquiedas han caído en lo contrario, pretender proteger a las personas obligándoles a hacer cosas que no desean hacer con la excusa de que es por su bien (es la parte de crítica neoliberal que a menudo no queremos ver pero que puede tener un fondo de acertado). Desde mi punto de vista de lo que se trata es de proteger la capacidad de decisión de las personas, su libertad, facilitar que tomen las decisiones vitales que quieran, favorecer que puedan construir sus proyectos singulares de la forma en que les parezca más conveniente. 

Es en este ámbito en el que creo que nos podemos estar equivocando en las formas de intervención y en las propuesta que realizamos desde el Sistema de Servicios Sociales. Antes de la existencia de la Ley de Dependencia, como consecuencia del cambio demográfico y de la incorporación de las mujeres al mundo laboral de forma masiva, alcanzando cifras medias cercanas a las del resto de países europeos, pensamos que el sistema de atención familista había tocado a su fin porque iba a cambiar también la valoración cultural del cuidado y de la familia. Por eso y porque se consideraba que era mejor para las personas, se creó un modelo de atención que priorizaba los Servicios y entre estos destacaban los que priorizaban las alternativas a los cuidados en el domicilio.

La realidad vino a desmontar el planteamiento en este aspecto en concreto (que quede claro, ya lo he dicho en otras ocasiones, que considero la Ley de Dependencia como fundamental y la mayor y mejor política de apoyo a las familias que se ha producido en este país en este siglo) Las familias preferían ocuparse directamente de los cuidados de sus seres queridos si disponían de los apoyos suficientes y necesarios. Lo que sucedía con anterioridad no era tanto que no se quisiera cuidar a los familiares, que estuviera cambiando la cultura en torno a la valoración de la familia sino de que el peso era tan grande y se hacía tan en solitario que se buscaba las alternativas que existían para salir de una situación imposible.

A lo que voy. No somos ni nórdicos, ni centroeuropeos, ni anglosajones. Somos mediterráneos. Creo que hay muchas cosas que copiar, especialmente de los nórdicos. Me gusta su sentido comunitario, su búsqueda de la cohesión social, su trayectoria en la construcción de una sociedad más igualitaria y justa. Me gustaría imitarlos, pero tenemos que hacerlo desde nuestro propio sustrato cultural. Con esto no estoy diciendo que haya que mantener nuestro absolutamente penoso modelo de atención familista, es decir ya que valoramos tanto la familia que ella se encargue de todo sino estructurar un modelo de atención que tenga en cuenta este factor y que proteja la libertad de las personas para elegir entre varias fórmulas la que prefieran para hacer lo que desean hacer. En el marco de la Dependencia, como ejemplo ilustrativo que nos sirve para hacer esta reflexión pero que se debería hacer extensivo a otros ámbitos del sistema, se trata de imaginar logísticamente las estructuras de servicios necesarias para proteger las decisiones de las personas, ya sea yendo a una residencia, ya sea apoyando que permanezca en el domicilio (inventando servicios nuevos, haciendo compatibles prestaciones económicas con servicios, etc)

Para acabar no puede dejar de hacer una reflexión: si algo falta en este país es una verdadera política de familia que ayude a las personas a construir su vida como deseen. Por cierto, los que más hablan de familia en este país suelen confundir la misma con eso que sucede en las camas (en sentido figurado, claro) de las personas. A partir de ahí ¡que les zurzan, que ya son mayorcitos! Me temo que los ciudadan@s saben perfectamente lo que hacen en sus camas y donde necesitan apoyo es en aquello que sucede fuera de ellas.

2 comentarios:

  1. Tu artículo me parece fundamental y coincido mucho con la perspectiva que le has dado.
    Personalmente, he vivido en mi familia el hecho de tener que cuidar casi las 24 horas del día a un gran dependiente y he observado lo que tú apuntas, que en este cuidado hay un factor emocional (especialmente, hijos que cuidan de sus padres/madres ancianos/as por el sentimiento de que "se lo deben", casi como obligación moral) y creo que esto no tiene por qué tener consecuencias negativas siempre y cuidando quienes cuidan obtengan el respaldo institucional (económico, social, etc. que les proporcione los medios necesarios), porque de no hacerlo, como ha sido mi caso, varía muchísimo el proceso de cuidado de la persona y, por tanto, el duelo después de su muerte es mucho más complejo.
    Lo que vengo a decir es que una cosa es que una persona se haga cargo de un familiar menor o dependiente, y otra cosa que lo haga "solo" en el sentido de que no le queda más remedio, porque no hay ayudas de ningún tipo y sabe que nadie va a hacer nada por él o ella. De esa manera, el/la cuidador/a se responsabiliza más si cabe del bienestar de la otra persona y su pérdida implica mayores dificultades psicológicas y emocionales.
    Sin más, comparto tu artículo porque como ya te he dicho, me parece muy bien enfocado. Un saludo

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    1. Gracias por la valoración. Será que yo también lo viví personalmente.

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