sábado, 2 de febrero de 2013

Me ha gustado tanto que ...


Belén Navarro, una compañera almeriense, es una de esas blogueras de la blogTSfera a la que sigo con mucho interés. Ya lo he dicho en otras ocasiones en el blog. 

Esta semana ha tenido una iniciativa que me ha dado una terrible envidia (de la buena) porque no se me haya ocurrido antes a mí. Abrir las puertas del blog a otr@s compañer@s. 

Esta semana abre sus puertas, habitaciones y salones a Elena Salinas. Los datos y la reflexión que aporta me parece que merecen un poquico de difusión. Así que sin permiso, al más puro estilo pirata internético, copio literalmente la entrada de mi compañeras

El enlace al blog de Belén lo encuentras (aquí)


Gente corriente (por Elena Salinas)

Este mes será diferente. Concibo este blog como mi propia casa y me gusta pensar que ambos son lugares de puertas abiertas a la conversación, la risa, el debate y la reflexión entre amigos. Con esta intención, he querido invitar a cuatro trabajadoras sociales que tienen dos cosas en común: en primer lugar, son amigas y profesionales a las que respeto y admiro y, en segundo lugar, no trabajan en atención primaria. Las cuatro han aceptado la invitación, lo que les agradezco profundamente. 

La primera de ellas es Elena Salinas, trabajadora social de prisiones. Los que la conocemos solemos decir que siempre logra todo aquello que se propone, y eso que llegó a prisiones "casi por accidente". Persistente y fiera en el debate, trata de hacer cada día Trabajo Social entre rejas. Ella dice que no lo consigue. Yo creo que sí. 

Nunca pensé en ser trabajadora social, mucho menos de prisiones, hasta que un uno de octubre allí me vi. Tan sólo recuerdo ese uno de octubre, no recuerdo ni el dos ni el tres, tan sólo ese primer día y el sonido metálico de las puertas en esclusa, el alambre de espino sobre los interminables muros de hormigón y el identificador al cuello.Y ese olor, un olor fuerte y agrio, ambiguo y penetrante, a lejía y a agua sucia. Pasé meses quitándome la mugre de las uñas, cualquier cosa me servía: un clip, la capucha de un bolígrafo, las tijeras… hasta que alguien me advirtió del curioso tic y comprendí que se trataba de eso, de un hábito maleducado y desesperante.

Anteriormente había trabajado en Servicios Sociales Comunitarios, donde había tenido como colega a la administradora de este blog, la cual no tuvo otra ocurrencia que invitarme el día antes a ver una apropiada peli: “Celda 211”… las cosas de Belén. Por aquel tiempo, yo pensaba que los servicios de atención primaria de un pueblo de la Alpujarra almeriense no iban a tener nada que ver con mi nuevo ámbito de trabajo, aquello era la prisión, era la cárcel, iba a estar rodeada de la mayor escoria de la sociedad: violadores, asesinos, pederastas... Este fue el primer prejuicio que se desvaneció. El porcentaje de delitos contra la libertad sexual y de homicidio y sus formas representan sólo un 12% de toda la población penitenciaria.

No soy partidaria de clasificar a la gente en compartimentos estancos, todos sabemos que limita la intervención, lleva a diagnósticos sesgados y no aborda a la persona en su integridad, pero como esta entrada no va a dar para un análisis tan pormenorizado, voy a obviar a los delincuentes anteriores y me voy a centrar en el resto, en la inmensa mayoría de las personas institucionalizadas, porque la realidad de las cárceles españolas es que están a reventar de drogadictos, enfermos y pobres (70%), y en ocasiones, las tres circunstancias se dan a la vez, problemáticas que dudo que se solucionen con la reclusión.

Todos los días se aborda la crisis en los medios de comunicación y las redes sociales, se habla del desempleo, del deterioro de relaciones en el sistema familiar, de los desahucios y del aumento de las demandas en los servicios sociales, formando todo, parte de un circuito que muchos individuos se ven obligados a recorrer. La calle, la soga o la cárcel es para muchos desafortunados el final de este periplo. La crisis está cambiando el perfil de las personas sin techo (el 12% tienen título universitario) y está provocando suicidios. No nos podemos extrañar, por tanto, de que la crisis tenga también su correlato en las prisiones. Un par de datos para abrir boca:
  • Los delitos contra el patrimonio y orden socio-económico (tirones, atracos y robos) conjuntamente con los delitos contra la salud pública (tráfico de drogas) son los más numerosos.
  • El 2012 es el primer año en el que el número de primarios(personas que entran en prisión por primera vez) ha superado al de reincidentes.
Con respecto al primer dato, hay que decir que la motivación principal para la comisión de estos actos delictivos es principalmente, como habrás podido imaginar, el dinero. Un dinero que está muy lejos de ser los veintidós millones de euros de Bárcenas o las astronómicas cifras de la trama Gürtel. Ninguno de mis clientes ha robado para comprarse un Bugatti o un Jaeger-Lecoultre sino para pagar tres meses de hipoteca atrasada o, sencillamente, poder comer. No me gustaría que se entendiese que estoy tratando de justificar estas conductas, pero es que a veces creo que los políticos se olvidan de que en la cárcel se puede ver televisión y conocen el significado de la palabra indulto. Mis clientes se comen las condenas “a pulso”, en lenguaje taleguero, indignos del gracioso perdón del Consejo de Ministros. Pero bueno, que nuestro Código Penal es "fuerte con el débil y débil con el fuerte" es ya algo consabido.

Una vez medio desahogada, retomemos el segundo dato. En 2012, es la primera vez que el número de personas que anteriormente no han estado en prisión es mayor que el de las que sí han tenido entradas en el pasado:¿por qué este aumento de primarios en 2012 y no en 2008?, año, este último, que se toma como referencia del comienzo de la crisis. Hay quien podría pensar que el aumento de primarios en relación a reincidentes podría deberse a las nuevas tipificaciones como delitos de causas que antes sólo eran sanciones administrativas (seguridad vial, sobre todo), sin embargo, aunque es cierto que ello ha provocado un aumento de primarios, este no ha sido tan representativo como para justificar el vuelco y, además, se ve compensado con las crecientes sentencias de medidas alternativas al internamiento.

Entonces, ¿a qué se podía deber? Sus testimonios me dieron la respuesta: durante el 2008 y posteriores habían podido beneficiarse de la prestación por desempleo y posterior subsidio, después habían recibido algún apoyo puntual procedente de ayudas de emergencia social y, durante todo el tiempo, contaron con la familia y/o amigos, ya que las prestaciones públicas no lograban satisfacer la mínima cobertura que precisaban.Cuando terminaron todas las ayudas, llegó el delito, no sin antes pasar por una terrible odisea: discusiones familiares que a veces han terminado en rupturas matrimoniales, adicciones desencadenadas por la desesperación y autopercepciones de infravaloración por sentirse dependientes o incapaces de mantener a sus hijos.

Una vez que esa gente corriente ha saldado su deuda con la sociedad, y que la prisión ha cumplido su función “reeducadora y resocializadora”, ¿qué hemos ganado? En mi opinión, nada. El Estado habrá gastado más de 35.000 euros al año en cada uno de ellos, la mayor parte empleada en seguridad (no pensemos que en prisión se vive como Dios).

El hecho de que el Ministerio de Interior haya sido uno de los menos afectados por las medidas de austeridad (7.214,26 millones de euros para prisiones) llama la atención. Es sorprendente la escrupulosidad y cicatería con la que se asignan algunas partidas presupuestarias, al tiempo que se destinan ingentes cantidades de dinero a medidas que no logran la consecución de una sociedad mejor y más igualitaria.

Desde mi desempeño profesional en prisión creo que, con muchos de los internos, con una renta básica nos habríamos ahorrado delito, víctima y delincuente. Una renta mínima que tendremos que defender en términos de viabilidad económica como estrategia para introducirla en la agenda política. Para lograrlo hemos de ser capaces de poner números a esas medidas y demostrar su rentabilidad, de lo contrario, seguirá siendo utopía.

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