martes, 12 de marzo de 2013

Los peligros de la posmodernidad que habita entre nosotros

Hace algunas semanas escribí una entrada (ver aquí) en la que señalaba que me daba la sensación de que en el propio campo crítico, no se muy bien qué nombre ponerle y de momento este me sirve, estaba escuchando preguntas y argumentaciones que en vez de consolidar el Sistema de Servicios Sociales y el Estado de Bienestar, coincidían, curiosamente, en los conceptos y los resultados con los desarrollados por los propios ultraliberales.

No lo decía exactamente así, pero lo señalaba y algunos, muy agudos, me indicaban que debería desarrollar esta idea. Tengo la certeza de que esta intuición con base en hechos concretos necesito desarrollarla más, pero creo que debo dejar como reflexión estas líneas.

Irene Lozano escribió hace unos años un libro, El saqueo de la imaginación, que me generó muchas reflexiones y en el que, entre otras cosas, analizaba el vaciamiento de contenidos que la cultura de la posmodernidad había provocado en el conjunto de la izquierda europea. Una posmodernidad nacida en el seno de movimientos que se reconocían como progresistas pero que, al avanzar hacia una demolición de los grandes relatos, de las ideologías como formas de explicar la realidad y proyectar el futuro, al proponer un pensamiento débil, dejaron el campo expedito para el actual predominio neoconservador y ultraliberal que de una forma u otra, ha acabado colonizando las políticas y los pensamientos de practicametne todas las fuerzas políticas occidentales.

La autodenominada posmodernidad, en tanto que propuesta de la superación de los relatos surgidos como producto de la Modernidad, tiene como consecuencia que impide cualquier propuesta articulada de explicación de la realidad y de la propia proyección de un futuro mejor. El progreso, como idea, habría muerto. Al no ser posible proyectarse hacia el futuro, al no ser posible la estructuración de una relato de la realidad, al no ser posible una ideología progresista, queda un único contendiente en el campo de batalla ideológico: el ultraliberalismo en lo económico y el neoconservadurismo en el resto de las facetas humanas. Unas ideologías que se presentan como únicas y que nos conducen hacia la premodernidad, hacia un neofeudalismo social y, como consecuencia, a una demolición del modelo social europeo, que por otro lado es lo único que nos une a los habitantes de este inmenso continente, siempre que no tengamos en cuenta  la perfecta entente de los nuevos señores feudales.
La reflexión me parece muy sugerente y vendría a coincidir, en cierta manera, al menos yo encuentro conexiones, con los planteamientos de la modernidad líquida de Bauman, o con lo expuesto en los últimos libros de Todorov (los enemigos íntimos de la democracia, entrada aquí) o Ramoneda (La izquierda necesaria, entrada aquí), entre otros mucho autores (sólo recojo los citados en este blog) que advierten, en formas distsintas, contra el abandono de los valores fundamentales de la democracia, de la Modernidad y el ingreso en una deriva posdemocrática, caracterizada fundamentalmente por el autoritarismo y la demogógica.

Todorov habla explícitamente del mesianismo, el individualismo y el populismo, como los grandes enemigos de las actuales democracias. Y rasgos de todos ellos se aprecian también en "nuestras filas", en las de aquellos que estamos contra la actual deriva de las cosas. Algo que hacerse mirar urgentemente si queremos superar la situación actual.

Esa posmodernidad se introdujo en las prácticas de gobierno de la izquierda gobernante durante los últimos 30 años, especialmente a través de las propuestas de la tercera vía, abandonando, en buena medida, el proyecto de la construcción de una sociedad más igualitaria y justa, aceptando fórmulas completamente alejadas de cualquier planteamiento ideológicamente de izquierdas en pos de un teórico crecimiento económico y los mantras de una eficiencia exclusivamente economicista. Esas actuaciones, aunque haya otras que han ido creando las actuales estructuras del Estado de Bienestar, dan pie a la impresión de que no hay alternativa real a lo existente más que fuera del Sistema.

En este marco aprecio, o me parece apreciar, que se produce el cuestionamiento del Estado, incluso del mismo sistema democrático, identificados en las dianas como ámbito propio de la denostada política. Todo así, metido en el mismo saco. Todo lo que hacen los políticos y sindicalistas, todo lo que hacen los gobiernos, sean del signo que sean, todo lo que hace o pueda hacer el Estado, es negativo, hay que criticarlo y estar en contra. Así, sin matices. Es el camino de la antipolítica, del antitodo. Se confunde todo lo preexistente a mis movilizaciones como perteneciente a un mundo superado y del pasado, en ese saco todo lo que se movió antes carece de legitimidad, sólo lo nuevo es legítimo al no estar contaminado por las componendas del poder. Curiosamente en una actitud coincidente en los objetivos con el propio interés de los ultraliberales que cargan exactamente contra los mismos objetivos. No en vano, desde mi punto de vista, los actuales gobernantes del mundo global son los verdaderos antisistema, los que están destruyendo el modelo social europeo como posibilidad de un mundo distinto, el único en el que ha habido ciudadanos reales, con todas las carencias que se quiera. De hecho es eso lo que estamos defendiendo.

En lo relativo al Estado de Bienestar, diciéndolo o no, hay posturas críticas que se suman, creo que acríticamente, a una corriente que si no está, recuerda enormemente a la propuesta ultraliberal de la sociedad del bienestar, que suena parecido pero no es, en absoluto, lo mismo. Desde mi punto de vista sólo hay ciudadanía posible si hay un Estado que garantiza: el imperio de la Ley, los derechos políticos, civiles y sociales. En un mundo sin Estado las personas quedan a su suerte, a sus propias fuerzas que dependen, casi exclusivamente, de las posiblidades que le marca la posición social determinada en el nacimiento. Sólo el Estado garante de los derechos sociales puede llegar a concretar, aunque sea mínimamente, los valores de libertal, igualdad y fraternidad, que siguen siendo, mal que les pese a muchos, los valores que alumbran las posibilidades de convivencia democrática. En la sociedad del bienestar sólo hay espacio para la caridad de los particulares, el Estado no tiene funciones, ni debe garantizar nada.

Yo creo que hoy es tiempo de defender el Estado de Bienestar y, por lo tanto, la existencia de un Estado fuerte, capaz de enfrentarse a los grandes poderes reales que manejan los hilos de la globalización. Seguramente ese nuevo Estado deba ser ahora más europeo que español, pero el camino es más Estado y no menos, con todos los controles democráticos y transparencia que se quiera. Por eso, para mí, es urgente reivindicar con fuerza el Estado de Bienestar como proyecto de aseguramiento común, de red tejida para proteger a los ciudadanos, una red pública. Y eso sólo se hace convirtiendo las reivindicaciones en acción política y, en democracia, eso se hace a través de los partidos políticos, que por muy denostados que estén, son el cauce de la representación popular. Es cierto que necesitamos cambiarlos y cambiar las formas de participación democrática ampliando sus formas y sus posibilidades, pero destruyendo todo lo existente no estaremos más cerca sino más lejos de los objetivos.

3 comentarios:

  1. Entrada PARA GUARDAR y releer. Enhorabuena!

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  2. Gracias, Joaquín, por compartir tus reflexiones, siempre tan útiles. Me parece muy acertado tu análisis del Estado del Bienestar desde el posmodernismo y los peligros que encierra. Saludos.

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  3. Magnífica reflexión. No puedo estar más de acuerdo. Ni una línea de más ni una de menos. Con este sugerente título Joaquín avisa del peligro que tenemos: dejar que se adentre en nosotros el pensamiento débil. Para resistirse solo cabe la atención constante a nuestro sentir y pensar. Gracias por tu trabajo.

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