lunes, 24 de marzo de 2014

De sabios y expertos

Una de las claves del método científico es que nada se da por seguro hasta que no puede ser demostrado. No creo que esté diciendo nada nuevo. Al revés, de manido que es puede resultar incluso aburrido, aburridísimo. Se plantea una hipótesis, se contrasta con los datos de la realidad y... si coincide con lo previsto la hipótesis pasa a tesis, a teoría hasta que una nueva explique mejor la realidad.  Además, si los datos de la realidad no confirman la hipótesis no se considera que se haya perdido el tiempo. La ciencia también avanza gracias a los errores.

Lo curioso de la crisis actual es que las hipótesis de las teorías económicas neoclásicas, las teorías que esgrimen los neoliberales como las únicas posibles, las teorías que han causado los desastres que vivimos día tras día, se siguen presentando como la única teoría económica posible. Desde una perspectiva científica está más que claro que estamos ante una fe y no ante una ciencia. Lo cierto es que los economistas más interesantes hace días que vienen advirtiendo de que su conocimiento no deja de ser un acercamiento humanista a la realidad. Que por mucha estadística que se use para intentar analizar el espacio del conocimiento a que se dedican, este no se deja asir con facilidad.

Lo curioso del caso, como vengo manteniendo hace ya algún tiempo, es que resulta más que plausible  comparar el momento actual con la premodernidad, con la cultura occidental previa a la Ilustración. En cierta medida la renuncia a los valores de la Modernidad no nos llevan hacia adelante, hacia la posmodernidad como mantienen algunos, sino que, al menos en algunos aspectos, nos devuelven hacia atrás. Antes de la Razón ilustrada Europa estaba dominada por la fe como única posible explicación del orden natural y social. Cualquier desviación, cualquier desgracia, tenía causa en el pecado, en la soberbia humana que se oponía al designio divino. Cualquiera que osara contradecir el dogma  corría serio riesgo de acabar en la hoguera de los herejes.

Vivimos una nueva fe, sólo que esta vez en vez de extraños ropajes litúrgicos, casullas, mitras y báculos, se utiliza el color salmón y las abstrusas fórmulas matemáticas para asustar a los legos. Vivimos un tiempo que recuerda al barroco. Hace muchos años, en tiempos universitarios, leí un libro que me dejó una onda impresión: La cultura del barroco, escrito por José María Maravall (padre del que fue ministro de Educación del primer gobierno González). Creo recordar, resumiendo muchísimo un texto voluminoso, que su tesis principal, o al menos la idea que me quedó más marcada, es que la cultura del barroco pretendía generar en el que se acercara a los templos del barroco, con sus retorcimientos y volutas, una impresión de miedo tal que no les quedara ninguna duda, desde una perspectiva puramente emocional, de que detrás de ese templo, por fuerza debía encontrarse la omnipotencia.

No tardó mucho cuando pude comprobar la verdad de ese aserto. En una visita, creo que recordar que
a Salamanca, posiblemente al convento de San Esteban, siguiendo el itinerario marcado para la visita, por sorpresa, sin saber qué me iba a encontrar, accedí por un lateral a un templo, justo al lado de un inmenso retablo. Me quedé literalmente paralizado. Ahí se erguía amenazante ante mí. Me pregunté cómo sería verlo sin luz eléctrica, con velas, con sacerdotes y religiosos oficiando. Entendí lo que Maravall proponía en su libro.

La fe, en tiempos de contrarreforma debía extenderse sola, debía ser indudable. Para ello nada mejor que el uso del miedo. Este es un fenómeno analizado por Jean Delumeau en El miedo en Occidente, el miedo fue utilizado activamente por los poderosos hasta que la Ilustración vino a extender la idea de que la Razón debía sustituir a la fe como forma de enfrentarse a la realidad. El método científico es hijo de esas luces.

Hoy los nuevos sacerdotes infalibles son los economistas neoclásicos. Están investidos de un saber incontestable. Los que les llevan la contraria son los nuevos herejes, los que no saben, los que no han visto la verdad. Por eso no es extraño que los portadores del saber, del nuevo dogma, se presenten con las expresiones "Comité de sabios" o "Comité de expertos". En el nuevo barroco que nos toca vivir sus opiniones no son cuestionables: son dogmas a seguir. Si no seguimos sus dictados seremos castigados por el nuevo dios de occidente: el mercado.

Esta presentación de los hechos oculta que la decisión de crear un comité de expertos es una decisión política, la composición de la comisión es decidida políticamente, de hecho se elige a personas próximas a los propios puntos de vista y la decisión de aplicar las medidas previstas es política; pero de cara a la opinión pública se presenta como una decisión técnica, de los nuevos sacerdotes, de los que saben. Los demás no saben/sabemos nada. 

En El síndrome Katrina analizo "doce frases sin piedad en forma de relato", entre ellas se encuentra la siguiente: "Necesitamos soluciones técnicas". La imagen del comité de sabios se encuadra en la misma metáfora, en el mismo marco conceptual. Si lo dicen los sabios... Yo, por mi parte, prefiero mantener que lo que necesitamos son soluciones políticas. Estas necesitarán del saber técnico para fundamentar y analizar la decisión más correcta, pero las decisiones democráticas sólo pueden ser políticas, nunca podrán ser técnicas. Otorgar a los técnicos un poder que no les corresponde crea una nueva élite que no deja de ser profundamente ilegítima.

2 comentarios:

  1. Comparto opinión al 100 %. Difundo...

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  2. Sin lugar a dudas los gobiernos tecnócratas ni son democráticos, ni son eficaces ante la diversidad social, económica, cultural, etc. de la población gobernada. Sólo desde la política se pueden adoptar medidas que permitan ordenar el espacio común (lo público), la gestión y distribución de las riquezas, las necesidades sociales, etc.

    No olvidemos la realidad actual y es que a nuestros gobernantes les está gobernando el poder económico imponiendo “sus soluciones técnicas”; por lo que las decisiones, aparentemente democráticas, están condicionadas unívocamente por los técnicos macroeconómicos. En definitiva, tenemos al lobo bajo una piel de cordero.

    Cabe preguntarnos si el poder político y democrático será capaz de regenerarse y equilibrar con decisiones políticas la balanza entre las necesidades sociales y la voracidad especulativa de los tecnócratas del poder económico.

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