jueves, 22 de noviembre de 2012

El derecho a la felicidad.

Imagen de las Cortes de Cádiz
"Sostenemos como evidentes por sí mismas dichas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad; que para garantizar estos derechos se instituyen entre los hombres los gobiernos, que derivan sus poderes legítimos del consentimiento de los gobernados; que cuando quiera que una forma de gobierno se vuelva destructora de estos principios,el pueblo tiene derecho a reformarla o abolirla, e instituir un nuevo gobierno que base sus cimientos en dichos principios, y que organice sus poderes en forma tal que a ellos les parezca más probable que genere su seguridad y felicidad."

Así comienza la Declaración de Independencia de los EE.UU, proclamada el 4 de julio de 1776, 13 años antes de la Revolución francesa, y 36 años antes de la primera Constitución española (no sólo española sino de todos los países hispanoamericanos).

El texto norteamericano es la expresión, en forma de declaración de derechos, de los ideales ilustrados que fueron cuajando a lo largo del Siglo de las Luces. Como señala Delumeau en su libro El miedo en occidente, con anterioridad, y contrariamente a l extendida idea de que el Renacimiento había supuesto una superación del periodo medieval, occidente se caracterizaba por un absoluto sentimiento de miedo. El fin del ser humano era atravesar este valle de lágrimas para acabar encontrando la felicidad en la otra vida, algo que sólo alcanzaríamos de ser fieles a los dictados de la religión oficial y siendo obedientes a los dictados del poder establecido por la gracia de Dios.

De ahí la importancia de esta declaración precisamente en ese momento. Los seres humanos tenemos derecho a la felicidad aquí y ahora. No hay que esperar. Los que nos dicen que debemos esperar simplemente son los voceros de los explotadores y privilegiados. Entonces era esperar a la otra vida, ahora es a que se equilibren las cuentas del Estado.

Igualmente del texto cabe entresacar las condiciones de esa búsqueda de la felicidad: el reconocimiento de que somos iguales por naturaleza, y por lo tanto todos portadores de este derecho y la libertad. Aquí están ya los principios y valores fundamentales de la Modernidad que luego se repiten en todos sus textos fundantes y en las declaraciones de derechos posteriores.

Destaca igualmente la identificación de las causas que pueden impedir el ejercicio de ese derecho: las formas en las que se establece el poder y el gobierno. El pueblo tiene derecho a la rebelión, a cambiarlo cuando se opone a estos principios y a su reorganización. Los privilegios de los Señores, de la nobleza, de las monarquías, era insoportable, impedían la igualdad, la libertad, la felicidad. Había que abolir esos privilegios.

Estos mismos principios y concepto del gobierno tienen su expresión en la Constitución de Cádiz que en su artículo 13 reza así:

"El objeto del Gobierno es la felicidad de la Nación, puesto que el fin de toda sociedad política no es otro que el bien estar de los individuos que la componen"

La misión del gobierno no es proteger los privilegios de los nuevos Señores feudaleses, de los oligopolios económicos, de los nuevos archirricos. La misión del gobierno es organizar la sociedad para la felicidad y el bienestar de los que la componemos. Ese es el criterio con el que tenemos que juzgar su desempeño. El incumplimiento para esta función legitima las protestas y la movilización del pueblo. El origen filosófico de todas las luchas por la libertad y la igualdad se encuentra en este periodo de nuestra historia. Generaciones de antepasados se han puesto a la tarea. Sencillamente no se de que se sorprenden cuando la gente sale a la calle a protestar, esa actitud es la esencia misma de la democracia y se encuentra en los más profundo de los valores de occidente. No hacerlo sería traicionar lo que somos y lo que queremos ser.

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